Me quedé otra noche con mi amante en la obra
Cuando abrí los ojos, su brazo descansaba sobre mi pecho y la cama improvisada todavía olía a la noche anterior. Iba a irme pronto, se lo había prometido a mi marido.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cuando abrí los ojos, su brazo descansaba sobre mi pecho y la cama improvisada todavía olía a la noche anterior. Iba a irme pronto, se lo había prometido a mi marido.
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
Mi anuncio era para hombres, siempre. Pero esa tarde, cuando leí su mensaje, supe que iba a romper mi propia regla y a complicarme la vida.
Cada vez que mi amigo cruzaba la puerta, ella se cambiaba de ropa. Una tarde inventé una excusa, di la vuelta a la manzana y entré por el patio en silencio.
Mandé a casa a mi secretaria, subí la calefacción y me dejé solo la americana sobre el sujetador transparente. Quería que Mariela viera todo lo que llevaba semanas buscando.
Su mujer salía de viaje al día siguiente y yo todavía dormía sobre un colchón en el suelo. Cuando tocó el timbre con la caja de herramientas, supe que algo iba a pasar.
Bajé al jardín a buscarla y la encontré tras el cristal, sentada en la silla, con su asistente besándole los párpados como si yo no existiera.
Estaba arrodillada sobre el asiento del copiloto cuando él susurró el nombre de su novia. Levanté la vista por el polarizado: caminaba hacia el auto.
Toqué la puerta una y mil veces y nadie abrió. Cuando recepción me dejó entrar, encontré maletas que no eran mías bajo la cama y un olor inconfundible.
Cuando me senté a su lado en aquel taller no imaginé que esa mujer triste y discreta acabaría susurrando, desnuda en su cama, que jamás había sentido nada parecido.
Salí a tomar aire mientras él dormía. Las luces del piso de enfrente seguían encendidas, y entonces escuché un gemido que no era el mío y supe que iba a quedarme a mirar.
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
En la primaria me quería más de lo que yo era capaz de devolverle. Veinte años después, su voz al teléfono sonaba igual, y a mí me temblaron las manos.
Era la primera vez que la veía en persona. Pensaba contarle lo de la piscina y el socorrista, pero su mano sobre mi muslo cambió la conversación antes de que terminara la frase.
Llevaba meses redactando el anuncio mentalmente; tardé doce minutos en escribirlo, y a la media hora ya tenía siete respuestas. La de él fue la quinta.
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
Entró con su uniforme blanco y su sonrisa de siempre. Lo que ninguno de los dos vio venir fue que la otra mujer estaba sentada en el sofá, a tres metros del juego.
Faltaba una hora para la cena, los niños veían dibujos en la sala y yo crucé el jardín buscando a mi mujer. La puerta de la lavandería estaba entornada.