Mi secreto de Nochevieja bajo el vestido negro
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Catalina entró en la habitación a las tres de la madrugada, se quitó el vestido sin mirarme y dijo que no quería dormir sola con tanto frío.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Lo conocí por internet a los dieciséis. Dos años después, una mañana de agosto, me escribió que viajaba a la capital y que era mi única oportunidad de volver a verlo.
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
Marina llevaba meses siendo invisible para su marido. Su sobrino la miraba de la única manera que ella necesitaba que la miraran. Aquella noche, las cartas tomaron una decisión.
Marcos nunca decía nada sin sentido. Pero esa tarde en el bosque, cada palabra suya era una línea que me invitaba a cruzar sin vuelta atrás.
El portátil parpadeaba en la habitación vacía. Al levantar la pantalla, su padre entendió que la hija responsable de la casa era solo una máscara cuidada.
Cuando me abrió la puerta solo con la camisa puesta, supe que esa tarde no íbamos a hablar mucho. Y no me equivoqué ni un poco.
Cuando la puerta se abrió, todavía tenía su calzoncillo apretado contra la cara. Me miró con una sonrisa que no era de enojo, sino de algo mucho peor.
Me había desvelado con café estudiando, hasta que un rechinido en la pared de al lado me hizo bajar la almohada y darme cuenta de quién hacía ese ruido.
Pensé que estaba sola en mi cuarto, hasta que noté la silueta del muchacho asomado a la ventana de enfrente. Y entonces decidí que se quedara mirando.
Bajé descalzo a tomar agua y la encontré tirada en el sofá, con las piernas apoyadas en el respaldo. Nunca giró la cabeza. Yo no me moví.
La encontré por casualidad en el cesto: una tanga morada, manchada apenas, con su olor todavía pegado a la tela. Esa noche supe que necesitaba verla entera.
Esa noche, mientras dejaba las bolsas en la entrada, escuché cinco voces hablando del pacto que habían armado conmigo de protagonista, y algo se prendió fuego dentro de mí.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.
Cuatro días faltaban para que mi padre regresara. Cuatro noches para decidir cómo contarle que su esposa dormía abrazada a mí en su propia cama.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.