La tarde en que dejamos de ser solo amigos
Aquella tarde, mientras la película seguía sonando de fondo, su mano sudada buscó la mía bajo la manta y supe que algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Aquella tarde, mientras la película seguía sonando de fondo, su mano sudada buscó la mía bajo la manta y supe que algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Me puse el vestido que mejor me quedaba para ver una película. Detrás de la puerta entreabierta había tres pares de ojos esperando en silencio.
En el banco del parque, Lucía agitaba la pierna sin parar. Sus rodillas, tensas, parecían saber algo que ella aún no terminaba de admitir.
Pensé que él era tan pudoroso como yo. Hasta que salió de la ducha, se quitó la toalla a medio metro de mí y empezó a secarse como si nada.
Lucía cerró la puerta del baño, me miró sin pestañear y dijo: «Vamos a la ducha». En diez minutos llegaba mi jefa y yo seguía con la verga durísima.
Toqué el timbre con el corazón a mil. Llevaba un vestido rojo y, debajo de la tela, una decisión que llevaba seis meses postergando.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
Trabajábamos juntos hacía meses, hablábamos hasta la madrugada por mensajes. Pero esa noche, por primera vez, ella tocó la puerta de mi cuarto con una bolsa en la mano.
Pensé que era una simple cura. Hasta que sus dedos resbalaron por mi piel y dejaron de ser los de una madre cualquiera.
Prometí ser sus ojos y sus manos hasta que pudiera valerse sola. Lo que no calculé fue lo que iba a sentir cuando le bajara la braga por primera vez.
Desde su sofá vigilaba las cuatro cámaras del piso paterno como si fueran un reality show. Esa tarde, una de las pantallas le mostró algo imposible.
Llevaba todo el día excitado e inquieto. Cuando ella apareció en el estacionamiento con la misma gabardina que mi mujer, supe que esa noche cambiaría todo para los tres.
A los 21 me creí capaz de manejar cualquier situación. Pero cuando Esteban puso sus manos en mi espalda y sentí que mi cuerpo respondía, ya no era tan seguro de nada.
Lo reconocí en cuanto habló: era el mismo de la semana anterior, el que tenía esa polla descomunal que me dejó sin caminar bien durante días.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
Choqué con ella en la acera, todavía con resaca. Me invitó a tomar algo. Tres horas después supe por qué una mujer madura no tiene nada que ver con una chica.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Tomás la miraba desde el salón con una calma que no era inocente. Lorena lo sabía. Y en lugar de ignorarlo, siguió cocinando sin apartarse.
Cuando me mandó la foto desde el probador con la lencería puesta, la cerré sin contestar. Ella lo vio. Eso fue lo que empezó todo.
El autobús estaba repleto y apenas podía moverme. Cuando sentí la primera caricia en el muslo, pensé que sería un accidente. Pero no lo era.