Renata vio por las cámaras lo que jamás imaginó
Desde su sofá vigilaba las cuatro cámaras del piso paterno como si fueran un reality show. Esa tarde, una de las pantallas le mostró algo imposible.
Desde su sofá vigilaba las cuatro cámaras del piso paterno como si fueran un reality show. Esa tarde, una de las pantallas le mostró algo imposible.
Llevaba todo el día excitado e inquieto. Cuando ella apareció en el estacionamiento con la misma gabardina que mi mujer, supe que esa noche cambiaría todo para los tres.
A los 21 me creí capaz de manejar cualquier situación. Pero cuando Esteban puso sus manos en mi espalda y sentí que mi cuerpo respondía, ya no era tan seguro de nada.
Lo reconocí en cuanto habló: era el mismo de la semana anterior, el que tenía esa polla descomunal que me dejó sin caminar bien durante días.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
Choqué con ella en la acera, todavía con resaca. Me invitó a tomar algo. Tres horas después supe por qué una mujer madura no tiene nada que ver con una chica.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Tomás la miraba desde el salón con una calma que no era inocente. Lorena lo sabía. Y en lugar de ignorarlo, siguió cocinando sin apartarse.
Cuando me mandó la foto desde el probador con la lencería puesta, la cerré sin contestar. Ella lo vio. Eso fue lo que empezó todo.
El autobús estaba repleto y apenas podía moverme. Cuando sentí la primera caricia en el muslo, pensé que sería un accidente. Pero no lo era.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.
Bajo mi camisa de botones hay encaje. Bajo el pantalón formal, medias de red y ligueros. Mis compañeros ven a Matías. Yo sé quién soy en realidad.
Desde mi azotea tenía vista directa al patio de mi vecina. Llevaba semanas mirándola cuando noté algo raro en sus movimientos. Nunca imaginé lo que descubriría.
El pantalón le marcaba cada curva mientras cruzaba el patio bajo ese sol de mayo. Magdalena sabía que la miraban. Lo que no sabía era lo que planeaban dos de ellos.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
Cuando la hermana del bravucón buscó a Valeria en el gimnasio, traía una sola petición: que le enseñara a poner al tirano en su sitio. Esa noche, lo hizo de rodillas.
Abrí el cajón de la mesa de noche. El libro estaba ahí, donde siempre. Y en diez minutos ya no podía quedarme quieta.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Marcos apoyó la botella en la barra y dijo en voz alta lo que los dos llevaban días callando. El camarero fingió no escuchar.
Tenía 37 años, cuerpo de escándalo y casi un año de soledad acumulada. Cuando me eligió a mí en el gimnasio, entendí que algunas noches no se planean.