El último regalo de mi mejor amiga no fue la pulsera
Pensé que la fiesta había terminado cuando cerré la puerta. Pero ella seguía descalza en mi sofá, con la copa apoyada en la rodilla y otra caja entre las manos.
Pensé que la fiesta había terminado cuando cerré la puerta. Pero ella seguía descalza en mi sofá, con la copa apoyada en la rodilla y otra caja entre las manos.
Llevábamos meses esperándolo. Mis padres por fin saldrían, ella llegó con lencería azul oscuro y los dos temblando, y entonces el cuerpo decidió otra cosa.
Subía los testículos, ajustaba la peluca y me convertía en otra persona a solas. Nunca imaginé que alguien llevaba meses observándome desde la ventana de enfrente.
Me arreglé como nunca para verlo: minifalda, tacones, peluca. Lo que no esperaba era que su hermana apareciera y adivinara, de una sola mirada, todo lo que callábamos.
Esa noche, después de entregarme a Marcos, mi teléfono vibró. Un número que no conocía decía amarme y conocía cada detalle de lo que yo era en secreto.
Reservé el jacuzzi, las velas y la lencería. Ella creía que íbamos a Venecia, pero acabamos en una casa rural perdida en la sierra, y nada fue como imaginó.
Cuando salí del baño y la vi maquillándose frente al espejo, supe que esa noche en la previa antes de la disco no iba a terminar bien para mí. O quizá demasiado bien.
Mi novio me presentó como su amiga ante toda su familia. Su tío lo notó y me deslizó un papel con su número y una palabra escrita: «después».
Creí que era una cita a escondidas con la prima de mi novia. Lo que no sabía era que el teléfono al lado de la cama estaba transmitiendo todo en vivo.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Compartíamos suite por trabajo y nada más. Hasta que una noche, en el balcón, sus rodillas tocaron las mías y entendí que ninguna de las dos quería retirarse.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Cuando me dijo que me pusiera el vestido corto y los tacones, supe que esa noche no íbamos solo a cenar. Íbamos a un sitio del que solo habíamos hablado en susurros.
Eran las tres de la madrugada cuando le pedí que se quitara el vestido en plena esquina. Pasó un taxi. Después pasó todo.
Cuando levanté las piernas en la vertical olvidé que solo llevaba un tanga. Mi culo quedó frente a la cara de Kendra y su sonrisa no fue de sorpresa, fue de hambre.
Cuando me alejaba sola por la orilla, sentí su mirada fija en mí desde el bar. Y supe que esa semana aún no se había terminado del todo.
Le abrí la puerta de su departamento con la minifalda más corta que tenía y vi cómo se le quebraba la mirada al subirla por mis piernas.
Cuando Bruno levantó la vista del monitor y vio cómo el jefe miraba a su madre, supo que tenía dos opciones: armar un escándalo o quedarse callado.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.