Diez años después, él me hizo sentir mujer otra vez
Encendí solo las velas rojas, me ajusté el babydoll y esperé. Cuando sonó el timbre supe que esa madrugada iba a recordar quién era yo de verdad.
Encendí solo las velas rojas, me ajusté el babydoll y esperé. Cuando sonó el timbre supe que esa madrugada iba a recordar quién era yo de verdad.
Cuando me invitó a cenar a su casa, pensé que solo quería agradecerme. No imaginaba lo que escondía bajo aquella falda de tubo, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Llevaba meses suplicándole una sesión. Cuando al fin entré en su estudio, entendí que no me había citado para fotografiarla, sino para enseñarme a obedecer.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
La encontré mordiéndose el labio frente al espejo, con el bikini puesto y la entrepierna ya húmeda. No iba a esperar a que estuviera lista.
Llevaba meses guardando el secreto en el fondo del armario. Esa noche toqué a su puerta con la pollera plisada y el moño rojo, y ya no quise volver atrás.
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
Cuando cerró el último candado y se guardó la combinación, entendí que esa noche mi cuerpo ya no me pertenecía: era su muñeca, y obedecer era el único camino.
Me quité el pantalón en el pasadizo, lo guardé en la mochila y empujé el portón. Sabía exactamente lo que me esperaba arriba, y eso me ponía peor.
Faltaban quince minutos para que llegara y yo ya estaba lista: lencería negra, la piel perfumada y una cerveza helada para calmar los nervios.
Esa tarde se vistió por última vez: medias, liguero, tacones. Bianca iba al cine a despedirse de todo lo que había sido, en brazos de hombres que no sabían nada.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Llevábamos casi tres décadas siendo amigas y casi tres décadas sin decir en voz alta lo que ambas pensábamos cuando nos despedíamos en la puerta.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Trabajo desde casa, sola y aburrida, hasta que llega el paquete que lo cambia todo: copa G, perfectas, listas para que mi hombre las descubra con sus propias manos.
Llevaba minifalda, medias negras y unas gafas de sol que me impedían saber cuándo me estaba pillando. Hasta que dejó de disimular y empezó a jugar conmigo.
A las once en punto se enciende la luz de su dormitorio. Yo ya llevo media hora esperando en el sillón, desnuda, con el cortinado apenas corrido.
Me sirvió la cena, el postre y el coñac. A las once volvió del cuarto con una lencería gris. A esa altura, su promesa de llegar virgen al altar ya tenía un detalle pendiente.
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.