Mi primera salida vestida y el hombre del boliche
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Desde el despacho del piso de arriba, él ajustó el zoom. En la cocina, ella se acomodó la pretina del vaquero sabiendo que el timbre estaba por sonar.
La cortina granate me separaba de la calle vacía. Mara se inclinó a cerrarme los corchetes del body y, sin avisar, sus dedos se quedaron un instante de más.
A los veinte años mi mundo eran pañales y silencio. Hasta que mi jefe me dejó una nota con el café y empezó a mirarme como si fuera otra mujer.
Cuando la vi arrodillada entre los arbustos del parque, supe que esa noche revisaría su celular. Lo que encontré cambió todo lo que pensaba hacer después.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
Era el director invisible de una obra prohibida: vi a mi mujer transformarse frente al pintor sabiendo que yo la espiaba desde el otro lado de la cámara.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
Subí al asiento trasero con un vestido demasiado corto. Cada vez que cruzaba las piernas, sus ojos volvían al espejo. Decidí no acomodarme la falda.
Aquel mensaje cualquiera en su pantalla destapó el trato que habíamos firmado meses antes: experimentarlo todo, sin secretos, hasta donde nuestra calentura aguantara.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Aquella noche de septiembre, su marido había salido con sus colegas y ella se creía sola. Yo, en la terraza contigua, descubrí mucho más que una vecina aburrida.
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Cuando mi padre llamó al timbre vestido de domingo, supe que el plan de mi marido iba a borrar para siempre la línea que nos separaba.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Apreté las sábanas debajo de mí, fingiendo dormir, sabiendo que su mirada recorría mi cuerpo desde el otro lado de la puerta. Esta noche no iba a esconderme.
Tres cervezas, un porro y una mesa apartada en el balcón. La adrenalina de saber que cualquiera podía asomarse fue justo lo que pedíamos esa noche.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.