La primera vez que me vestí para entregarme a un hombre
Llevaba años imaginándolo: maquillarme, ponerme las medias y entregarme a un hombre por primera vez. Esa tarde, en una habitación de hotel, dejé de imaginarlo.
Llevaba años imaginándolo: maquillarme, ponerme las medias y entregarme a un hombre por primera vez. Esa tarde, en una habitación de hotel, dejé de imaginarlo.
Estaba lista desde las cuatro de la tarde, empapada y necesitada, cuando aquel hombre bajito tocó a mi puerta sin imaginar que yo descubriría su apodo a la fuerza.
Llevábamos cuatro años de familia perfecta hasta que ella sacó la botella escondida, la lencería nueva y esa mirada que jamás le había visto cruzar mi cara.
Su voz en los audios ya me tenía duro antes de tocar el timbre. Lo que no sabía era que iba a salir de ese departamento siendo otro hombre.
Hui de mi ciudad para convertirme en quien soy. Volví de visita y, en un bar sin nombre, dejé que un desconocido subiera la mano por mi muslo hasta toparse con lo que no esperaba.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Cuando abrió el cajón de mi lencería y me miró la entrepierna, supe que aquella tarde de chicas no iba a terminar con la ropa puesta.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.
Entré a la ducha de empleados como cada noche, sin imaginar que alguien abriría la puerta y descubriría el cuerpo que las hormonas me regalaban poco a poco.
Lo vi reflejado en la ventana de enfrente, con los binoculares en una mano y el pantalón abierto en la otra. Entonces supe cómo iba a empezar mi mañana.
Aproveché la rendija de la cortina para espiarla, pero ella me descubrió en el espejo y, en lugar de cubrirse, empezó a desvestirse otra vez para mí.
Manejaba de noche transformada en otra mujer y nadie lo sabía. Bastó un descuido en una parada para que él descubriera quién era yo en realidad.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Cuando llegué al restaurante con mi vestido negro y mi conjunto de encaje debajo, ya sabía que no iba a salir de ahí siendo la esposa fiel que pretendía ser.
Quince gotas en el café y la voluntad se apaga. Cada mujer que cruza esa puerta sale decidida a transformar a su marido en algo que jamás se atrevió a desear.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.
Lo espié desde la puerta entreabierta del baño, desnudo sobre la cama redonda, y supe que esa noche mi cuerpo iba a aprender algo que ya no podría olvidar.
Llevaba un año mirando aquel juguete en el cajón sin atreverme. Esa noche, con el camisón de encaje y el candado cerrado, supe que por fin iba a dejar que me abriera entero.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.