La tarde que me quedé sola y dejé de fingir
Bajé las persianas, apagué el teléfono y por una vez no me detuve a pensar en lo que estaba bien. Solo seguí lo que mi cuerpo me pedía desde hacía semanas.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Bajé las persianas, apagué el teléfono y por una vez no me detuve a pensar en lo que estaba bien. Solo seguí lo que mi cuerpo me pedía desde hacía semanas.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Cuando Sofía abrió aquella caja del armario, supe que la noche no terminaría como las otras pijamadas. Y, sin embargo, no me moví.
Cuando la pañoleta me cubrió los ojos pensé que era un juego inocente. No lo fue. Mariela tenía otros planes y yo no quería que se detuviera.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.
Empezamos hablando por mensajes. Acabamos viéndonos desnudas bajo la misma luna roja, cada una en su ciudad, cada una con la respiración del otro lado de la pantalla.
Frené en el pasillo con la mano en el aire. Los suspiros que salían del cuarto de mi hermana no me dejaban tocar la puerta ni dar media vuelta.
Abrí la puerta esperando la cena y me encontré con una chica menuda, las uñas pintadas de rojo y una sonrisa que decía bastante más que «buenas noches».
Pensé que el baño estaría vacío. Carolina estaba frente al espejo y su mirada no era de sorpresa: era la de alguien que sabía exactamente lo que yo acababa de hacer.
Caro tenía seis años más que yo, una vida que parecía perfecta y un secreto que pensaba llevarse a la tumba. Esa noche decidió que ya no podía más.
Cuando me quité el sujetador del bikini delante de Carolina, su cara cambió. Y entonces supe que esa tarde no iba a salir de la playa siendo solo su amiga.
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
Crucé esa puerta convencida de que las mujeres no eran lo mío. Salí dos horas después sabiendo que esa frase era la mentira más grande que me había dicho.
Bajó el peluche de la repisa más alta, eligió el vídeo correcto y se preparó para una sesión que nadie más conocería jamás.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Nunca pensé que un objeto tan tonto como un peine pudiera dejarme temblando, sola en mi cuarto, mordiéndome los labios para no gritar.
Estaba haciendo la tarea cuando el calor entre mis piernas me distrajo. Lo que hice después con ese vaso de hielo me cambió la manera de mirarme.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.