El juego que cambió lo que sentía por mi mejor amiga
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Era la primera vez que la veía aparecer en camisón a las tres de la mañana, descalza y con esa sonrisa que pedía permiso sin pedirlo.
Bajé a media madrugada por un vaso de agua. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y dos risas cómplices.
Cuando ella entró al bar, mi novio levantó la copa y sonrió como si supiera todo. Y, en realidad, lo sabía hacía meses. Esa noche dejó de ser un secreto.
Cuando me sirvió el cuarto shot y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, supe que esa madrugada íbamos a cruzar la línea que llevábamos meses esquivando.
Mi anuncio era para hombres, siempre. Pero esa tarde, cuando leí su mensaje, supe que iba a romper mi propia regla y a complicarme la vida.
Cuando Lucía empezó a quedarse a dormir en casa, yo aún no sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Esa noche, frente a todos, se quitó el vestido sin que nadie se lo pidiera.
Mandé a casa a mi secretaria, subí la calefacción y me dejé solo la americana sobre el sujetador transparente. Quería que Mariela viera todo lo que llevaba semanas buscando.
Cuando me dijo el total y conté los billetes, supe que me faltaban cuatro mil. La miré, apoyé los codos en el mostrador y le susurré algo al oído.
Marisol estaba sentada en el borde de la cama con el bebé al pecho, completamente desnuda, cuando empujé la puerta. La leche le caía sola y ella no me pidió que me fuera.
Cuando me senté a su lado en aquel taller no imaginé que esa mujer triste y discreta acabaría susurrando, desnuda en su cama, que jamás había sentido nada parecido.
Mariana me preguntó si nunca había sentido curiosidad por besar a otra mujer. Yo le respondí con un impulso que cambió para siempre lo que éramos.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Desperté con el cuerpo encendido y la mano entre las piernas. Jamás imaginé que esa mañana mi hermana abriría la puerta… ni lo que vendría después.
Cuando apagamos las luces y nos metimos bajo la misma manta, no imaginé que esa pregunta tonta sobre besos iba a terminar con sus dedos buscando los míos en la oscuridad.
Cuando entré a la sala de profesores, unas manos me rodearon por detrás y unos labios bajaron por mi cuello. Reconocí su perfume al instante.
Llevaba días sintiendo unos ojos clavados en la nuca mientras tocaba. Ese viernes cerré las puertas con llave y bajé del escenario decidida a descubrirla.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Bastó una fracción de segundo —una toalla resbalando, su piel mojada bajo la luz del balcón— para entender que ya no iba a poder mirarla como antes.