El secreto que compartí con mi compañera de piso
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Siempre dormíamos en la misma cama y nos contábamos todo. Esa noche, con la copa de más, Renata me tomó la cara y me besó como nunca antes.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
Llevaba veinte horas de viaje y un solo pensamiento: volver a sus brazos. No imaginé que ese reencuentro me obligaría a cruzar una línea que juré nunca cruzar.
Llevaba el vestido amarillo más ceñido de su armario y la cabeza llena de argumentos contra esa mujer. Una hora después, ya no sabía si la odiaba o la deseaba.
A esa hora todos parecíamos más hermosos, y nadie quería irse a su casa. Mila abrió la puerta de su cuarto y ninguno imaginó cómo terminaría la madrugada.
Subí las escaleras todavía con el olor del hospital en la piel. La puerta entreabierta, la luz cálida, su camisón de seda. No hicieron falta palabras: ya sabía cómo terminaría la noche.
Cuando le pedí depilación completa, ella arqueó una ceja y su sonrisa dejó de ser profesional. La cera y sus dedos pronto se confundieron.
Estaba casado y solo en la verbena cuando aparecieron mis dos ex la misma noche. Primero se odiaron. Después decidieron compartirme hasta el amanecer.
Cuando abrí la puerta envuelta en la toalla, ella entró sin dejarme hablar. No era el chico que esperaba mi amiga ni el plan que mi cabeza había imaginado.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Tres copas de vino, el agua tibia y una pelirroja de diecinueve años que aún no sabía que esa noche dejaría de ser solo la cocinera de la casa.
Pensé que solo había bajado a abrirle la puerta, pero esa noche entró conmigo a mi habitación y me dijo al oído que iba a hacer que perdiera el sentido.
Tenía veinte años y creía conocer mis deseos, hasta que mi suegra abrió aquel álbum y me mostró quién había sido. Esa noche apagué la luz y lo entendí todo.
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
El fuego ardía bajo en la cabaña cuando llegó la joven huérfana, sin nada más que el vestido raído. Marisol, viuda y sola con su hijo, no sabía cuánto le costaría mirarla.
Una bombilla del pasillo cedió y se apagó. En la penumbra, sus manos rodearon mi cintura y supe que llevaba años esperando ese instante sin atreverme a nombrarlo.
La esperaba cada amanecer en la parada. Aquella mañana el autobús iba lleno, ella se apoyó contra mí y entendí que también me había estado mirando.