Mi nueva interna me descubrió a mí misma
La oí en la ducha aquella primera mañana y, sin saber por qué, me quedé clavada en la puerta. Cuando se giró y me miró, no aparté la vista.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
La oí en la ducha aquella primera mañana y, sin saber por qué, me quedé clavada en la puerta. Cuando se giró y me miró, no aparté la vista.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
Cuando entró por la puerta del salón, supe que aquella sesión iba a romper algo dentro de mí. Y no estaba equivocada.
Romina llevaba años imaginando a su madre cuando hacía el amor con su novio. Esa noche, con la lengua suelta por el tinto, no pudo seguir guardándoselo.
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
Cuando entró al consultorio con esas caderas, supe que la cita no iba a ser de rutina. Lo que no imaginaba era hasta dónde llegaría su revisión.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
Antes soñaba con hombres. Ahora solo con ella: la desconocida que me toca debajo de la mesa y se mete en mi cama cada noche, aunque mi pareja duerma al lado.
Cuando me pidió que le aplicara el protector solar, mis manos sabían lo que mi boca aún no se atrevía a decir.
Cuando mi madre por fin decidió casarse, jamás imaginé que el viaje a la isla con mi futura hermanastra terminaría revelándome el secreto de toda la familia.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
Crucé la playa de estacionamiento, hambrienta y con un odio fino a la humanidad, y entonces la vi caer al pavimento de un puñetazo. Era mi jefa.
Entré con la llave que me dejó en la maceta. Lo que no esperaba era encontrarla a ella esperándome con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Acepté la invitación con la lencería guardada en la cartera. No imaginé que la cámara no iba a existir, y que el plan real era yo.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
La sala estaba casi vacía y la película era una excusa: lo que me importaba era su mano subiendo por mi muslo en la oscuridad de la última fila.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
La caja llevaba meses cerrada en el fondo del armario. La abrí por curiosidad y, una hora después, tenía el móvil grabando todo lo que mi cuerpo era capaz de sentir.