Mi esposa me cambió por la mujer de mi patrón
Subió al asiento trasero con la mujer del patrón pensando que iba a buscarme. Bajó pensando en cuándo podría volver a verla.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Subió al asiento trasero con la mujer del patrón pensando que iba a buscarme. Bajó pensando en cuándo podría volver a verla.
Me quité la ropa por el calor, cerré los ojos y de pronto ella estaba ahí, con su lencería negra, sentándose sobre mí en mi propia cama vacía.
«Pon la música que te dije y empieza a desnudarte despacio. No tengas prisa: esta noche mando yo, aunque estemos a cientos de kilómetros.»
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Sentí el clic del cerrojo a mis espaldas. Cuando me giré, ella sonreía con la calma de quien ha planeado cada paso desde la primera mirada en la mesa.
Cuando vi su cara en la cámara del portal, supe que la presa había seguido el rastro hasta la cueva. Solo faltaba decidir si la dejaba cruzar la línea.
Estaba medio dormido tocándome cuando sentí una mano que no era la mía. Lo que vino después rompió todos los límites que creía respetar.
Su madre nos vio jugando en la cama y, en lugar de gritar, me sonrió. Esa misma noche entendí que en esa casa nada era inocente, y yo tampoco quería serlo.
Pensé que sería una tarde tranquila frente a la tele, hasta que el pie descalzo de mi hermanastra empezó a subir por mi muslo y una pregunta lo cambió todo.
Apagué la luz y, al acomodarme, sentí un bulto bajo las sábanas: era el short que le había prestado. Lo acerqué a la cara sin pensar y mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.
Llevábamos un año hablando cada día. Esa quinta noche en Sevilla, jugando al móvil en su sillón, le toqué la mano sin querer. Ninguna de las dos había estado nunca con una mujer.
Cuando todas se fueron a dormir, ella se acercó al sofá, me miró fijamente y dijo algo que nunca esperé oír de una amiga.
Compramos el arnés diciendo que era para practicar y poder enseñarles a ellos. Lo que no esperábamos era terminar temblando la una contra la otra.
La bañera estaba a punto, yo cerré los ojos, y cuando los abrí ella ya estaba desnuda en el umbral, ofreciéndome un masaje que no terminó en los hombros.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Llevaba casi un año sola en aquel pueblo perdido. Hasta que dos amigas más jóvenes la invitaron a vino, pizza y confesiones que lo cambiaron todo.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.