La vecina casada y el postre que no estaba en el menú
Subió con dos táperes y una sonrisa demasiado amable. Él tenía veintidós años, todo el fin de semana libre y una idea que sabía que no debía tener.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Subió con dos táperes y una sonrisa demasiado amable. Él tenía veintidós años, todo el fin de semana libre y una idea que sabía que no debía tener.
Llamó a su puerta empapada por la lluvia, sin orgullo y sin nada que ofrecer salvo su cuerpo. Ellos la miraron, se miraron, y ella supo que todo volvía a empezar.
Sabía que el profesor Aníbal me miraba el cuerpo cada vez que me despedía. Esa tarde entré a su aula dispuesta a usar esa mirada a mi favor, fuera lo que fuera.
Subió al cuarto de mantenimiento sin avisar y me pilló sin camisa. Esa risa suya, sin vergüenza, fue el principio de algo que tardé años en confesar.
El divorcio no me hundió: me devolvió el aliento. Esa noche, con el vestido de botones y una copa servida, dejé que un desconocido mucho más joven me hiciera sentir viva.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Llevaba apenas un mes en la empresa cuando mi directora plantó la mano sobre mi muslo y me ordenó que subiera a tomar algo. No pensaba desobedecerla.
Desde la oscuridad los miraba a través del cerco de plantas. Él era pequeño y callado, pero lo que ocultaba bajo el pantalón me quitó el aliento esa noche.
Me daba cien euros de propina por una carrera de tres kilómetros. Tardé dos días en entender que el dinero era solo el principio de lo que pretendía.
Bajaba la mirada cada vez que ella entraba al local, fingiendo contar tornillos. Lo que nunca supe es que ella también me estudiaba a mí.
Le abrí la puerta con un solo vestido de botones y nada debajo. Si entendía la invitación, perfecto; si no, ya sabría yo cómo dejársela clara.
Llevaba meses cruzándolo en el agua sin decirnos nada. Aquel domingo, cuando sus manos rozaron mi cintura en la escalerilla, dejé de fingir que no lo deseaba.
Cuando me arrodillé frente a él mientras conducía, supe que esos últimos kilómetros de carretera iban a quedarse conmigo mucho más de lo que admití.
Encontré una copa de vino, un antifaz negro y un texto encendido en la pantalla. Lo leí despacio y entendí que esa noche mi marido había decidido cumplir su mayor deseo.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Llevaba un vestido blanco para una noche con mi novio que nunca llegó. A las tres de la madrugada, el único que respondió mi llamada fue mi inquilino.
Llevaba meses mirándola entrenar sin atreverme a nada. Esa noche me invitó a su casa y descubrí que la mujer tímida del gimnasio escondía a otra muy distinta.
Tenía cuarenta y dos años, un matrimonio recién enterrado y unas ganas enormes de sentirse deseada otra vez. Esa noche, en la barra, alguien la miraba.
La reconocí al fondo del bar y el corazón me dio un vuelco: era ella, la maestra que me robó el sueño cuando era un crío. Y esta vez yo ya no era ese niño.
Caminaba por el pasillo alfombrado con el corazón desbocado: al otro lado de esa puerta la esperaba el hombre que llevaba media vida imaginando.