Las setas que terminaron con mi suegra en mi cama
Bajé las setas de un trago sin saber que esa noche dejaría de mirar a la madre de mi novia como a mi suegra para empezar a verla de una forma muy distinta.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Bajé las setas de un trago sin saber que esa noche dejaría de mirar a la madre de mi novia como a mi suegra para empezar a verla de una forma muy distinta.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Llegamos al noveno piso casi sin paciencia, ella borracha de deseo y yo dispuesto a todo. Lo que no esperaba era encontrar a su madre despierta, con la pantalla iluminada.
La esperé media hora en el salón. Cuando volvió, llevaba un vestido blanco corto, medias a juego y un velo en el moño. Sonrió y me dijo: vamos a jugar a que eres mi marido.
Llevaba años imaginándola sin saber que ella también pensaba en mí. Aquel sábado bajó al salón con una revista y una pregunta que lo cambió todo.
Salí del baño goteando agua para buscar la toalla en mi bolso. Nunca la oí subir las escaleras. Cuando me giré, mi madre ya estaba en el umbral, mirándome sin parpadear.
La doctora le advirtió: nada de calzoncillos, pantalones holgados y ayudarlo a vaciarse cada día. Mi madre asintió sin imaginar lo que vendría después.
Lo vi salir del baño con la toalla en la cintura y todo cambió en un instante: dejé de verlo como mi hijo y empecé a planear cómo lograr que me deseara.
Cuando mi yerno entró aquella tarde y vio con quién estaba, supe que mi vida cambiaría. No imaginaba que volvería tres semanas después a cobrarme el silencio en mi propia cama.
Daniela fue la primera en cruzar esa línea. Después de ella, cada amiga de mis hijas que llegaba a casa traía algo más que una simple amistad.
Rebeca empezó a bailar en el centro del salón y yo dejé de pensar en la cena. Marcos nos miraba desde el sofá con los ojos encendidos.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Llevábamos semanas escuchándonos a través de las paredes. Esa noche ella apareció en el salón con un camisón blanco y una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Fui a llevarle un encargo a mi suegra y terminé con las manos en algo que no era el tobillo. No puedo arrepentirme de nada.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Llevaba meses siendo invisible para mi marido. Cuando el técnico llamó a la puerta esa tarde, algo en mí decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Estábamos haciendo abdominales y entonces lo vi. No era mi hijo en ese momento, era un hombre. Y ese pensamiento me persiguió durante días.
Cuando el portón se cerró detrás de mí, con la jarra de agua en la mano y los dos obreros mirándome, supe que lo había buscado desde el primer día.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Laura despertó con el cuerpo pesado y un silencio extraño en el apartamento. La puerta del otro cuarto estaba entreabierta. Las camas, vacías.