El maestro de obra no sabía que yo lo escuchaba
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Abrí la puerta con los auriculares puestos, sin sospechar nada. Cuando me asomé al salón, él no estaba solo, y tuve la sangre fría de quedarme mirando.
Tengo 46 años y nunca le conté esto a nadie. Entré sola a un taller sin salida, acepté la primera cerveza y dejé de pensar en volver a casa.
Llevaba un rato a mi lado, espiándome mientras yo me perdía en el cuadro. Cuando por fin habló, supe que las dos deseábamos exactamente lo mismo.
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Lo vi observándome en el gimnasio del hotel y supe que aquel hombre, mayor y casado, no pararía hasta tenerme. Lo que no esperaba era cuánto deseaba yo que lo lograra.
Lo odiaba por cómo me acosaba, pero aquella madrugada, bajo la luz del frigorífico, descubrí que su mirada me hacía temblar por motivos que no quería admitir.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
Llevaba años sin pisar un boliche, pero esa noche el amigo de mi hijo me miró de una forma que ningún hombre me miraba desde hacía mucho.
Esa noche, cuando todos dormían, mi tía dejó la copa en la arena, se quitó las sandalias y me dijo que el agua estaba mejor sin nada encima.
Solo quería conectar las cámaras al teléfono. En su lugar encontré, grabado y fechado, lo que mi madre hacía cada vez que mi padre salía a trabajar.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Tenía cuarenta y un años y llevaba meses fingiendo que no pasaba nada cada vez que él me miraba. Esa madrugada dejé de fingir.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.