El hombre maduro que me enseñó a obedecerle
Nunca me consideré sumisa, pero la primera vez que su voz me ordenó algo al teléfono, obedecí sin pensar. Y descubrí que ser de alguien podía gustarme más de lo que jamás imaginé.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Nunca me consideré sumisa, pero la primera vez que su voz me ordenó algo al teléfono, obedecí sin pensar. Y descubrí que ser de alguien podía gustarme más de lo que jamás imaginé.
Aceptamos el piso barato sin leer la letra pequeña. La primera noche ella cerró la puerta del cuarto y me dijo que esa semana yo era su marido.
Llevaba toda la noche mirándome el culo desde la barra. Cuando me propuso la apuesta, supe que iba a perderla a propósito.
Tenía novio, tenía un plan y tenía la promesa de portarme bien. Lo que no tenía era idea de lo que ese hombre iba a despertar en mí esa madrugada.
Hacía meses que su marido no la tocaba. Cuando el viejo del fondo le ofreció refrescarse en su piscina, ella supo lo que pasaría, y aun así empujó la reja.
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
Durante veinte años fingí que estaba satisfecha. La noche que dejé de hacerlo, descubrí que una mujer experimentada da mucho más miedo que una jovencita.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
Desde la sala de monitores vi cómo se abría el saco cuando creía que nadie la miraba. No sabía que su nuevo vigilante llevaba toda la mañana observándola.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Cuando vi los billetes que mi hermana escondía en el cajón, supe que nuestra vida en aquel paradero estaba a punto de cambiar para siempre, y que ya nada sería inocente entre nosotras.
Llevaba años sin sentir ese cosquilleo. Pero aquel hombre canoso que alimentaba palomas me miró de una forma que despertó todo lo que creía dormido.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
Cuando abrí los ojos sobre su pecho y vi cómo me miraba, entendí que la siesta había sido solo el descanso entre un asalto y el siguiente.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Él revolvía las gambas con el trasero al aire mientras unas manos que no eran las suyas me apretaban contra la encimera. Y ninguno de los dos pensaba parar.
Cuando Don Rómulo tuvo que irse del bar, me dejó al cuidado de su amigo: un jubilado enorme que bebía whisky en silencio y al que ya le había tocado el bulto sin querer.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.