Camila me besó después de la tercera copa esa noche
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Hay un instante, justo cuando se cierra la puerta y oigo el coche alejarse, en que dejo de ser su marido y me convierto en otra cosa muy distinta.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Sabía que no debía tocarlo, que era algo íntimo y suyo. Pero el vapor, el silencio de la casa vacía y mi propia curiosidad me empujaron a probarlo.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
El juguete seguía en la mesita, mirándome como un testigo. Y mi cuerpo recordaba cada cosa que ella me había enseñado horas antes.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
Bastó una notificación en el teléfono para que dejara de ser la chica seria de la oficina. Esa tarde descubrí cuánto deseo cabía en una conversación.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
Pensé que era una broma de cumpleaños hasta que vi cómo mi hijo se mordía el labio esperando que abriera el envoltorio.
Tengo cara de viciosa y todos lo notan. En el último vagón, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo que mis manos hagan lo que mi cabeza ya decidió.
Compré unas medias negras con el corazón en la garganta, sabiendo que en cuanto cerrara la puerta de casa me convertiría en la mujer que llevaba todo el día imaginando.
Llevaba una semana durmiendo pegado a su espalda para calmar a la bebé. Una semana fingiendo no notar lo que pasaba entre los dos en la oscuridad.