Mi amiga del gimnasio me abrió los ojos al placer
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Accedí al sistema de cámaras de mi suegro por rutina y lo que encontré al otro lado me dejó clavado en la silla durante horas.
Hay noches en que el cuerpo no acepta un no. El apartamento vacío, el cajón entreabierto y yo con horas por delante para hacer lo que quisiera.
Cuando mi amigo la tomó de la cintura para guiarla a la cocina, algo se encendió en mí. No era celos. Era otra cosa, más oscura, que decidí no apagar.
Pusimos la tele en silencio para escucharlos mejor. No sabíamos que ellos también nos oían desde el otro lado del techo.
El médico fue claro: siete días de tratamiento. Mi madre, enfermera de profesión, dijo que ella misma se encargaría. No imaginé lo que eso significaba.
Nunca arreglé la puerta del baño. Y ella nunca me pidió que lo hiciera. Ambos sabíamos lo que eso significaba, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Cuando lo vi subirse al autobús aquella mañana, aparté la vista enseguida. Pero esa semana aprendí que hay miradas que no se olvidan.
Cuando la lluvia nos atrapó en su apartamento y la noche avanzó, ninguno habló de lo que estaba pasando. Solo actuamos. Y esa noche descubrí algo sobre mí.
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Tenía la habitación para mí sola y las cortinas echadas. Nadie sabía hasta dónde iba a llegar esa noche. Yo tampoco.
Abrí la puerta y algo en su sonrisa me dijo que esa tarde no iba a ser una simple charla entre la novia de mi hijo y su futura suegra.
Lo tenía borracho en mis manos. Meses de fantasías con mi compañero de cuarto, y ahora solo nos separaba la tela húmeda de su ropa interior.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
Andrés pensó que estaba solo en las duchas del polideportivo. Cuando levantó los ojos y vio a la entrenadora mirándolo desde la puerta, ya era demasiado tarde para parar.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Sus manos frías se movieron despacio por donde ninguna mano debería. Yo no hice un sonido. Pero algo se rompió esa tarde y ya nada volvió a ser exactamente igual.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.