Lo que pasaba bajo mi mesa durante la videollamada
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
«Sáquelo de la caja, desnúdese y siga las instrucciones al pie de la letra.» Eso decía la nota. Yo era ingeniera, no conejillo de indias. Esa noche dejé de serlo.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
Abrí los ojos antes que el despertador, ya mojada, ya buscándote en una cama donde solo estaba yo. Y supe que el día entero iba a doler así.
«Quiero que vengas sin ropa interior, ¿te atreves?». Lo escribí casi en broma. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa butaca a oscuras.
Damián aún no llegaba y yo ya no podía esperar: me quité el camisón en mitad del salón y dejé que mis manos hicieran lo que su cuerpo todavía no podía.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.
Cuando me dijo «quítate la blusa en el estacionamiento», pensé que era una broma. Diez minutos después, su esposa nos miraba desde su cama por videollamada.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
Cuando volvió a aparecer en pantalla no estaba solo, y yo, del otro lado, ya no podía dejar de mirar lo que sucedía sobre el escritorio que él olvidó fuera de cuadro.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Tres y media de la tarde, sin bragas y con un plan muy claro en la cabeza. Lo que no calculé fue quién terminaría hablándome a través de la puerta.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
El vendedor se sonrojó al cobrarme. Yo ya sabía que esa noche, por fin, no iba a terminar con la mano y las ganas a medias.