Me grabé a solas y mi marido me devolvió la sorpresa
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
Entraba a la ducha con una idea fija en la cabeza, cerraba la cortina azul y, detrás de ella, imaginaba un público que la esperaba.
Creí que no vendría. Pero el timbre sonó, miré por la ventana y ahí estaba, con esa cara de inocencia que llevaba años quitándome el sueño.
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Aquella mancha tibia en mi vestido lo cambió todo: por primera vez entendí lo que era desear y ser deseada, y ya no quise volver atrás.
La primera vez que la escuché jadear al otro lado del muro me quedé inmóvil, fingiendo que dormía mientras mi cuerpo decidía algo muy distinto.
Abrí los ojos para apartarme el pelo de la cara y ahí estaba él, parado en el umbral, desnudo, mirándome con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Bajé a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana. Lo que encontré ahí, con la casa en silencio, no debía haber pasado nunca.
Creí que tenía la situación controlada. Creí que un viejo sin fuerzas no podía hacerme nada. Esa fue mi primera equivocación de la mañana.
Olvidé lo que se siente que te deseen. Esta noche, sola en casa, decidí recordarlo con la única persona que siempre está conmigo: yo misma.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Pensé que dormía. Cuando abrí los ojos, Helena estaba de pie junto al jacuzzi, mirándome con una intensidad que no supe si era furia o algo mucho peor.
Salí a comprar una hamburguesa a la una de la mañana y terminé subiendo al segundo piso del gimnasio, sin ropa interior bajo el vestido. Él entrenaba solo.
Sabía que estaba mal. Pero el vapor llenaba el baño, mis padres dormían al otro lado del pasillo y yo ya no podía parar de imaginar lo prohibido.
Solo iba a estacionar la camioneta. Pero el teléfono de mi padre se encendió en el asiento, y lo que descubrí cambió la forma en que miraba a mi madrastra.
Lo había guardado tanto tiempo que ya formaba parte de mí: ese deseo que solo aparecía cuando estaba demasiado excitada para tenerle vergüenza a nada.
Compré lencería nueva, una peluca negra y tacos altos para ese sábado. No imaginé que mi cuerpo me jugaría una mala pasada justo en el mejor momento.