Lo que mi instructora me enseñó después de clase
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
Bajó al salón con una sonrisa que ya no era la de siempre y la mano escondida en la espalda. «Adivina qué traigo», me dijo. Esa noche entendí en quién se estaba convirtiendo.
Releía sus mensajes solo para torturarme. Pero esa noche, con el vibrador en la mano, dejé de imaginarlo a él y empecé a imaginarla a ella.
Son las once, vuelvo a estar sola y tu último mensaje sigue brillando en la pantalla. Apago la luz, y entonces mi mente —y mis manos— deciden por mí.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
Llevábamos dos años compartiendo piso y nunca me había mirado así. Esa tarde de verano descubrí lo que de verdad escondía en el móvil cuando entré sin avisar.
Él dormía empalmado cuando empecé a acariciarlo. Solo le pedí una cosa: que me contara, palabra por palabra, lo que pasaría aquella tarde junto a la piscina.
Vino enojada esa tarde de otoño, pero entre los ejercicios y mi calza corta su pie empezó a subir por mi silla y todo cambió.
No había nadie en casa, solo yo, el espejo y dos juguetes esperando en la mesita de noche. Esa noche decidí no detenerme hasta quedar sin aliento.
Mientras su familia subía a la cima, ella se quedó atrás con el tobillo hinchado. Entonces una camper aparcó justo al lado y todo cambió.
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
Cerré la puerta, dejé caer la mochila y la ropa, y me imaginé unos ojos siguiéndome por toda la sala. Esa idea fue suficiente para encenderme entera.
Cerré la puerta del baño, abrí el agua caliente y, por primera vez, dejé que mis manos hicieran lo que llevaba años imaginando a oscuras.