El deseo me desnudó de todos mis silencios
Cierras los ojos en la oscuridad tibia del cuarto y, sin que nadie te toque, sientes que algo empieza a recorrerte la piel. ¿Hasta dónde dejarás que llegue?
Cierras los ojos en la oscuridad tibia del cuarto y, sin que nadie te toque, sientes que algo empieza a recorrerte la piel. ¿Hasta dónde dejarás que llegue?
Cerré la puerta, bajé las persianas y por primera vez decidí no apurarme. Esa tarde el silencio de mi casa se convirtió en mi cómplice.
Aguanté toda la jornada con la costura del pantalón clavada entre los labios, pensando en lo que me dijiste al llegar. Esta noche no pienso aguantarme más.
Cerró la puerta con llave, apagó las luces y sacó la caja del fondo del cajón. Esta vez no iba a contenerse: quería saber hasta dónde llegaba su deseo.
Cuando abrí ese mensaje sin remitente, no imaginé que esa tarde mis propias manos me llevarían a un lugar que nunca me había atrevido a explorar.
No era el ruido lo que no me dejaba dormir. Era saber que al otro lado de la pared ella estaba viviendo justo lo que yo había rechazado esa misma tarde.
Mi familia estaba un piso más abajo y yo, sola en mi habitación, con el teléfono pegado a la oreja y su voz ordenándome cosas que jamás me había atrevido a hacer.
Apoyé el vientre sobre la almohada, dos juguetes clavados en mí y tu nombre en la boca. Esto es lo que hago las noches en que tu lado de la cama se queda frío.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Abrí los ojos y supe que se había ido. Quedaban las marcas en las sábanas, su olor en el aire y una necesidad que solo mis propias manos podían calmar.
Pedí el paquete con el corazón en la boca, rezando para que llegara antes de que ellos volvieran. Cuando lo abrí, ya no había vuelta atrás.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
Volví del hospital con el brazo enyesado y una idea que no me dejaba dormir. Esa madrugada entré al baño, y mi madre apareció en la puerta justo cuando creía estar solo.
Llevaba años evitando mirarla, pero esa tarde, con el camisón pegado al cuerpo y los dos solos en su casa, supe que ya no iba a poder fingir que era solo mi tía.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Tenía treinta y cuatro años, una esposa preciosa y unas manos que no debían tocarme. Yo tenía un novio, un embarazo de un mes y una rabia que no sabía dónde meter.
Creía que serían un juego más para matar el aburrimiento, pero a los diez minutos ya sentía un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba pensar en otra cosa.
Empecé a contarle cómo perdí la virginidad y, sin previo aviso, me oí hablándole en un susurro mientras notaba que me empapaba entera.