Perdí la apuesta delante de los tres amigos
Cuando acepté la apuesta no imaginé que terminaría desnuda sobre Mateo con tres pares de ojos siguiéndome y una polla descomunal a centímetros de mi boca.
Cuando acepté la apuesta no imaginé que terminaría desnuda sobre Mateo con tres pares de ojos siguiéndome y una polla descomunal a centímetros de mi boca.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Aposté que el secreto que Mateo escondía cabría en un vaso de tubo. Si perdía, tendrían que vernos a Adrián y a mí sin manta. No conté con lo que vino después.
Llevaba semanas fantaseando con ella, pero fue la tormenta de nieve y ese motel de parejas lo que terminó por romper las barreras entre nosotros.
El aire levantaba mi vestido y yo no hacía nada por evitarlo. Quería que me vieran. Necesitaba que me vieran, aunque no supiera bien por qué.
Diez años de viudez y silencio. Hasta que una noche vi luz bajo su puerta y me acerqué. Lo que encontré al otro lado cambió todo entre nosotras.
Llevábamos semanas deseándonos y esa noche de carnaval, sin condón ni cama, todo ocurrió donde menos lo esperábamos.
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Tenía el departamento para mí sola, las velas encendidas y un juguete esperando en el cajón. La primera vez había fallado: esta no se iba a repetir.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
Aparqué la caravana junto a un chiringuito y, cuando me quité la camisa, supe que aquellos hombres no iban a dejar de mirarme hasta que les diera algo más que ver.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Marlene venía los miércoles a hacerme la limpieza. Yo aprovechaba para pasearme con cada vez menos ropa. Esa mañana decidí dejarme un mono transparente.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Su marido se fue al patrullaje sin mirarla. A las nueve, ella ya había elegido la ropa con la que iba a abrirle la puerta a otro hombre.