Quería ser como ella desde que la vi en pantalla
Llevaba meses preparándome para Adrián, pero fue otro hombre quien me enseñó esa noche lo que significaba entregarse de verdad.
Llevaba meses preparándome para Adrián, pero fue otro hombre quien me enseñó esa noche lo que significaba entregarse de verdad.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.
Llevaba toda la noche fantaseando con ella. Cuando sonó el timbre a la mañana siguiente, ya tenía cada paso del plan grabado en la cabeza.
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.
Era mi primer trabajo serio: comercial puerta a puerta. No imaginé que detrás de aquel chalet habría un hombre, una cámara y la tarde que lo cambiaría todo.
Nunca había hecho algo así, pero esa noche el escote, la música y dos miradas insistentes me empujaron a cruzar una línea de la que no quise volver.
Me quité las bragas, las dejé bajo su almohada y me arrimé a su espalda sin darle ni los buenos días. Tenía media hora antes de la primera tutoría.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Desde la ventana de su despacho lo veía sudar sobre la bicicleta, sin saber que aquel juego de miradas terminaría con ella llamando a su puerta.
Todos sospechan lo que soy por cómo me visto, pero yo nunca lo confirmo. Es mi secreto, y contarlo desde el anonimato me pone más caliente que cualquier otra cosa.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Acomodé el celular escondido detrás de un libro y abrí la cámara. Sebastián no sospechó que dos pares de ojos más miraban cómo me quitaba la ropa frente a él.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Toda mi vida fui hetero. Hasta que una tarde mi hijo cruzó el salón y no pude apartar los ojos de su entrepierna. Esa noche supe que ya no iba a poder pararlo.
Aquella noche, cabeza con pies en la cama de plaza y media, mi mano subió por su muslo y la de él por el mío. Veinte años después aún no terminamos lo que empezamos.
Abrí los ojos con resaca y supe que no había sido un sueño: estábamos desnudas, su pierna sobre la mía, y ella ya me miraba con esa sonrisa.