El juguete que me llevé puesto todo el día
Nunca le había confesado a nadie hasta dónde llegaba cuando me quedaba sola. Esa mañana decidí grabarlo y dejar que un desconocido lo viera todo.
Nunca le había confesado a nadie hasta dónde llegaba cuando me quedaba sola. Esa mañana decidí grabarlo y dejar que un desconocido lo viera todo.
Cada mañana bajaba a desayunar rezando por encontrarlo otra vez en calzoncillos, fingiendo que no se me iba la mirada. Él lo sabía. Y empezó a buscarlo.
Cuando Carla encontró aquella bolsa junto a la papelera, supe que la tarde no iba a terminar como cualquier otra en el local de León.
La idea era simple y enferma a la vez: elegir a un extraño, dejar que mirara, y disfrutar de cada segundo sabiendo que del otro lado había unos ojos pendientes de mí.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Cuando se inclinó para corregirme la postura, el corpiño deportivo dejó de cumplir su función y supe que el entrenamiento se iba a desviar muy rápido.
Salí del trabajo sin ropa interior y con la blusa entreabierta. Solo quería sentir el aire entre las piernas. No imaginaba a quién encontraría en el vagón.
Siempre fui yo la que dejaba que él mirara. Aquella tarde le di la vuelta al juego: lo senté en el sillón y dejé que mi mejor amiga le hiciera lo que él imaginaba.
Tragó la cápsula sin saber que esas veinticuatro horas le enseñarían más sobre su propio cuerpo que toda su vida anterior.
Cuando abrí la puerta, tenía un lado de la cara sucio y la otra mitad limpia. Subió las cejas, sonrió y dijo que su jefe lo mandaba a hacer unos arreglos.
Vivíamos a mil kilómetros y no nos habíamos visto nunca en persona, pero aquella tarde de domingo descubrí que la distancia no apaga nada cuando el deseo decide encenderse.
Cuando baja a desayunar en camiseta y bragas, me derrito por dentro y sé que este fin de semana en la casa de campo será el último en que pueda callarme.
Entré por aburrimiento, como tantas otras noches. Pero esa pelirroja de rizos no era una cam más: leía sus propios relatos mientras decenas de desconocidos la calentaban en directo.
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Aquella tarde, sentada frente a mí, Mariela dejó de hablar de sus problemas y empezó a desabrocharse la blusa con una calma que me heló la respiración.
Tardó en contestar y, cuando lo hizo, su voz venía entrecortada. De fondo, alguien gemía. Yo seguí hablando como si no me diera cuenta de nada.
Mi padre me enseñó que los monstruos se quedan en el armario si no abres la puerta. Lo que nunca le confesé es cuánto deseo que el mío se atreva a salir.
Bajo el hábito austero llevaba un secreto de encaje negro. Y cada vez que él llegaba con las provisiones, ese secreto la quemaba un poco más.
Cerré los ojos bajo el agua caliente sin imaginar que esa tarde, completamente sola en mi baño, iba a descubrir algo sobre mí que ya no podría dejar de buscar.