Mi inquilina me descubrió aquella tarde de enero
Llevaba diez años durmiendo sola cuando salí al pasillo a tomar agua y, al pasar por su puerta entornada, oí los gemidos contenidos de mi inquilina.
Llevaba diez años durmiendo sola cuando salí al pasillo a tomar agua y, al pasar por su puerta entornada, oí los gemidos contenidos de mi inquilina.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Cuando me asomé a la ventana de mi nueva habitación y los vi desnudos en la piscina, supe que ese curso me enseñaría mucho más que bioquímica.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Cuando me confesó su fetiche aquella noche, supe que ya no podría volver a mirarlo igual. Le dije que pasaría una sola vez. Los dos sabíamos que era mentira.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Mi hija pasaba la noche fuera, Mateo llegó con cervezas y un bañador. A las ocho de la mañana, él ya tenía planes que yo todavía no conocía.
La amaba como nunca había amado a nadie, pero no podía dejar de imaginar a otro hombre dentro de ella, gimiendo más fuerte de lo que jamás gimió por mí.
Cuando saqué el juguete del cajón aquella noche, ya no era la chica torpe de la primera vez. Sabía qué quería. Y por una vez, iba a tomármelo con calma.
Cuando el desconocido del metro me deslizó la mano bajo la falda, la verdad fue que cerré los ojos y pensé en quien no debía pensar.
A los treinta y dos años no sabía lo que era un orgasmo. Mi amiga Renata se rio, me sirvió otra copa y me prometió que el jueves siguiente lo iba a cambiar todo.
Cuando salí del agua, la orilla estaba vacía. Mi ropa, mis botas, mi mochila... todo había desaparecido. Estaba desnuda en medio de la selva, sin saber que era solo el principio.
Cuando me pidió que me desnudara y subiera a la camilla, supe que aquello iba a romper algo entre nosotros que ya nunca podríamos volver a poner en su sitio.
Karen apareció en la habitación completamente desnuda. Esa no fue la única sorpresa de esa tarde: mi madre entró diez minutos después, y nada volvió a ser igual.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.
La doctora decía que era normal desear a mi propio hijo. Que las pastillas solo revelaban lo que ya sentía. Y yo, con el cuerpo ardiendo, le creí.