La confesión en la obra abandonada
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Acepté una cerveza con un compañero y acabé temblando en una cama de hotel, empapada, pidiéndole que no dejara de chuparme las tetas.
Arrodillada frente al sofá, con el móvil apuntándome, dejé de sentir vergüenza cuando entendí para qué quería recordar mi boca.
Me imaginé tus manos en el volante y tu polla en mi boca antes de llegar al mar; cuando la playa quedó vacía, ya no hubo freno posible.
Bajé al estacionamiento con las piernas temblando, todavía sudada, sin saber que esa tarde iba a dejar de temerle a su deseo.
Me bastó ver su collar para mojarme en mitad del turno, pero lo que hizo conmigo en el baño del local fue solo el principio.
La primera vez que Lucía cerró la puerta de aquel cuarto, creyó que por fin estaba eligiendo sola. Se equivocaba.
Diego dormía boca abajo. Yo miraba el techo con la mano entre las piernas, y en la cabeza volvía aquella noche en la trastienda del bar de Rocco.
Bajamos a estrenar la piscina a solas, pero los gemidos subieron por toda la casa y la noche acabó mucho más lejos de lo que imaginé.
Fui por pan al amanecer y terminé arrodillada frente a un hombre que supo leer mi miedo, mi deseo y la parte más oscura de mi cuerpo.
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Iba a irme cuando una mano me tomó del brazo. Camila ya no era mi secreto de un cumpleaños: tenía novia, y esa noche las dos me miraron con la misma sonrisa.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
La primera vez solo quería calmarlo para que no saliera de casa, pero cuando lo tuve desnudo bajo mis manos entendí lo mucho que me excitaban los hombres maduros.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Solo iba a mirar y a quitarme el morbo, pero cuando le vi la polla supe que no iba a volver a casa siendo el mismo.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Estaba inmóvil en la cama cuando una falsa enfermera entró de madrugada, cerró la puerta con llave y me dijo que venía a cuidarme a su manera.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Cada mensaje en la pantalla la acercaba más a mí, hasta que me citó en el baño del tercer piso y supe que ya no había vuelta atrás.