La puta madura que no he podido olvidar
Todavía recuerdo cómo me miró antes de bajarse de la cama y decirme en voz baja que todo su cuerpo, esa noche, era para mí.
Todavía recuerdo cómo me miró antes de bajarse de la cama y decirme en voz baja que todo su cuerpo, esa noche, era para mí.
Nos cruzamos la mirada durante el concierto y no volví a ver otra cosa esa noche. Cuando me susurró al oído en los baños, ya sabía que iba a acabar en mi habitación de hotel.
Los oí follar en nuestra cama hasta el amanecer, pero lo peor no fue escucharla gemir con él: fue descubrir lo que yo también quería.
Cerré la cortina para probarme un vestido y acabé empapada, de espaldas al espejo, viendo cómo su erección ya no cabía en el pantalón.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Lo vi detenerse junto al banco para atarse el cordón, y en segundos dejé de pensar como un corredor para empezar a mirar como un hombre excitado.
Entre semana necesitaba otra polla, y aquel sábado convertí una pelea con mi marido en la excusa perfecta para cumplir mi fantasía más sucia.
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Cuando me dijo que quería practicar conmigo antes de ir a un taller, supe que aquella noche no iba a parecerse a ninguna otra.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.
Fui al club pensando en unas copas y terminé de rodillas, con la boca llena y el cuerpo pidiendo más de lo que creía soportar.
Aquella mañana me depilé, me puse la lencería más provocadora del cajón y salí para la oficina con una sola decisión tomada: aceptar el trato de mi jefe.
No alcanzamos a llegar al hotel: en cuanto vimos el callejón vacío, supe que iba a follarme ahí mismo contra la pared.
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.