Mi amante maduro me recibió sin camisa esa tarde
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Tenía cuarenta y un años y llevaba meses fingiendo que no pasaba nada cada vez que él me miraba. Esa madrugada dejé de fingir.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Tenía treinta y ocho años, un marido predecible y un cuerpo que nadie había sabido leer. Esa noche, sola en casa, decidió que quería sentir algo de una vez.
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Cada vez que se inclinaba a anotar mis respuestas, el chaleco se le abría un poco más, y yo ya no lograba concentrarme en ninguna pregunta del cuestionario.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
«Ven a las cinco. Tenemos que hablar de lo del sábado. Solo.» Le escribí eso por la mañana, y desde entonces no pensé en otra cosa que en oírla bajar las escaleras.
Cierro la puerta del trastero, me cambio de ropa y me convierto en otra. Nadie en mi calle sospecha lo que voy a hacer esta noche, y eso es justo lo que más me gusta.
Me senté en el borde del muelle sin buscar nada, pero su mirada de hombre que sabe lo que quiere me desarmó antes de que dijera una sola palabra.