La confesión del baño en aquella casa de playa
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
La rueda rota nos dejó solas en el bosque, y cuando ella apareció desnuda entre las ramas supe que el viaje ya no terminaría igual.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
En la madrugada la sentí volver a la cama, agitada. Cuando me di la vuelta vi que se estaba tocando debajo de la sábana, creyendo que yo dormía.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Primero lo buscaron por morbo; después, por vicio. En ese barrio, cada pedido podía terminar con la puerta cerrada y las piernas abiertas.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.
Subí al baño con uno de ellos, pero no imaginaba que esa noche iba a salir temblando, satisfecha y con el cuerpo todavía ardiendo.
Mi amiga cerró la puerta, miró a los hombres del salón y dijo que quien quisiera follar, fuera pasando. Yo ya estaba mojada antes de empezar.
Entré solo al sauna y salí temblando, con el sabor de una pareja desconocida todavía pegado a la piel y una confesión imposible de olvidar.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
Cuando Mateo me sentó entre él y su amigo Iván, y las dos manos empezaron a subirme por los muslos al mismo tiempo, supe que la invitación al bar era otra cosa.
La sujeté para que dejara de golpear a otra mujer, y acabé de rodillas, dolorido, excitado y completamente a merced de su sonrisa.