Los novatos del gimnasio querían probar algo más
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Cuando Sonia cerró la puerta del camarote y mi esposa entró en el de enfrente, supe que esa noche cruzaríamos una línea de la que no habría vuelta atrás.
Me puse el vestido azul que Nadia eligió para mí, sin nada debajo, y subí a cubierta sabiendo que esa noche no habría una sola línea que no estuviera dispuesta a cruzar.
Mariana se ajustó los tirantes frente al espejo mientras Esteban sonreía desde el sofá. Esa noche había invitado a alguien más, y no pensaba decírselo todavía.
Tres sillas en medio del salón, cuatro mujeres dando vueltas y la música a punto de parar: la que se quedara de pie esa ronda, se quedaba sin nada.
Empezó como un juego de palabras en la cama. Terminó conmigo subiendo al coche de otro hombre, mientras mi marido esperaba dentro del casino sabiéndolo todo.
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Abrí la puerta de la habitación y lo primero que oí fue un gemido largo y el golpe de una cama contra la pared. No estábamos solos, y ninguno quiso frenar.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Llevaba un mes diciéndome que su marido fantaseaba con verla con otro. Esa noche dejé de escucharla hablar y la llevé donde todo podía pasar de verdad.
Me fui enfadado a la cama por una tontería. Quince minutos después me desperté, escuché ruidos en el salón y lo que vi cambió todo entre las dos parejas.
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
El baño de visitas estaba ocupado, así que entré al cuarto sin pensarlo. Damián estaba ahí, solo, mirándome como quien llevaba semanas esperando ese momento.
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Llevábamos años yendo desnudos a la misma playa con Rubén y Elena. Una charla entre hombres encendió la mecha: queríamos investigar lo que nunca habíamos visto del otro.
Lucía volvió de su clase con el nombre de otra pareja anotado en el móvil. Esa noche supimos que el sábado dejaría de ser un sábado cualquiera.
Compartimos mesa con una pareja que acabábamos de conocer. Tres horas más tarde, en su salón, una caja de cartas rojas borró todas las líneas que creíamos tener.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.