Mis tacones de aguja y el hombre que me llenó
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
El odio entre Remedios y Amparo llevaba doce años pudriéndose. Sus hijas heredaron la guerra, pero esa noche el rencor encontró otra salida.
Llevaba meses ignorando sus miradas. Esa noche, por alguna razón que todavía no entiendo bien, decidí no seguir caminando.
Llevaba una hora mirando el techo mientras Camila dormía a mi lado. No pude aguantar más y empecé a tocarla, muy despacio.
Cuando bajé el cristal, Laura ya había decidido que esa noche no habría límites. Los desconocidos lo intuían desde fuera del coche.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Cuando abrió la puerta, supe que la búsqueda había terminado. Valentina tenía esas curvas que no se inventan y una mirada directa que prometía mucho más.
Cuando él llegó primero, ella ya estaba mirando las estanterías con un libro que no leía. Eran los únicos dos. Y ninguno fingió sorpresa.
Cuando atendí el teléfono y escuché su voz supe que el viernes terminaríamos en una habitación con las cortinas cerradas y sus medias azules en el suelo.
Cuando Marcos me llamó con «el plan perfecto», no imaginé terminar sin camisa apostando todo a una carta. Esa noche fue más de lo que cualquiera esperaba.
Subí al barco en Colonia con la excusa del descanso. Lo que encontré en aquel grupo fue algo que no había sabido pedir antes.
La luz azul del monitor, los auriculares puestos y mi boca bajando despacio por su cuerpo mientras él trataba de que nadie en la partida se diera cuenta.
Diez años sin verse y bastó una cena con champán para que todo lo que había entre ellas saliera a la luz. Algunas amistades esconden algo más.
Entré con ella pensando en comprar lubricante. Salí sabiendo que Laura era capaz de cosas que ni en mis fantasías más intensas había imaginado.
No paré ni cuando vi al hombre acercarse por el sendero. Mi novio puso la mano en mi pelo, marcó el ritmo, y yo ya no podía dejar de hacer lo que estaba haciendo.
El padre de Samira le puso la mano en el muslo y Kamal supo que esa noche no iba a terminar como había imaginado.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.