El juego que propuse y ya no pude controlar
«Sabía que me excitaba imaginarla con otro hombre. Lo que no sabía era hasta dónde estábamos dispuestos a llegar cuando dejé de poner las reglas.»
«Sabía que me excitaba imaginarla con otro hombre. Lo que no sabía era hasta dónde estábamos dispuestos a llegar cuando dejé de poner las reglas.»
Subí al coche pensando solo en el viaje. Diez minutos después, mi jefa estaba sobre mí, su hermana giraba la cabeza para no perder detalle y su marido sonreía por el retrovisor.
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Después de veinticuatro años casados, Marina me susurró que solo quería mirar. Tres horas más tarde, yo miraba cómo otro hombre la hacía perder la cabeza.
«Van a ser unas compras con final feliz», me dijo con esa sonrisa que no era inocente. No imaginé que esa noche acabaríamos en un laberinto de setos con otra pareja.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Cuando Diego me pidió que me sentara entre los dos asientos, supe que aquel viaje todavía no había terminado y que esa noche ninguno de los dos iba a irse temprano.
Habíamos quedado cinco para esa tarde de verano. A las siete sonó el teléfono, uno de nosotros no venía, y aun así abrimos la puerta a dos desconocidos.
Solo me puso una condición: si no le gustaba él, no había nada. Lo que no esperaba era que, al final de la noche, fuera ella quien decidiera dejarme a solas con la otra.
El plan era solo tomar café y conocernos. Pero en cuanto se llevaron a Lucía a dar una vuelta en coche, supe que aquella tarde no iba a quedar en nada.
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Subimos al barco para pescar y tomar el sol. Bajamos siendo otra cosa. Lo que vi en la proa todavía me quita el sueño cada noche.
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Lucía nunca tuvo su despedida de vacaciones, y bastó una mirada al auxiliar de vuelo para que decidiera cobrársela antes de aterrizar de vuelta a casa.
Acepté por él, sin saber que cruzar esa puerta cambiaría la idea que yo tenía del placer. Esa noche dejé de ser solo suya.
Cuando Marina los llevó al sofá y les pidió que empezaran sin prisa, supe que esa cena con la pareja del gimnasio no iba a terminar como cualquier otra noche.
Estaba desnuda sobre el regazo de su novio, todavía agitada, cuando lo dijo con una media sonrisa: «Ya que nos hemos puesto… podríamos seguir». Nadie se esperaba eso de ella.