Mi mujer invitó a un desconocido y me puso de rodillas
Esa noche acordamos algo distinto. Yo cocinaría, abriría la puerta y la vería disfrutar con otro. Lo que no imaginé fue cuánto me iba a gustar obedecer.
Esa noche acordamos algo distinto. Yo cocinaría, abriría la puerta y la vería disfrutar con otro. Lo que no imaginé fue cuánto me iba a gustar obedecer.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Llevaba meses susurrándole al oído la misma fantasía. Esa tarde, frente a una cala desierta, dejé de imaginarla para verla cumplirse delante de mí.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Cuando entró en aquel club oculto tras una librería de teología, Marlene supo que la libertad de su marido se pagaría con cada prenda que dejara caer ante el juez.
Abrió la puerta esperando la botella de siempre. En su lugar, él le tendió un delantal de encaje y una sonrisa que no admitía un no por respuesta.
Salí a despejarme con la botella de tequila todavía en la mano. No imaginaba que cruzarme con él en el pasillo lo cambiaría todo esa noche.
Cuando rozó su antebrazo al salir del restaurante, Marina supo que aquello no había terminado en la mesa. Era el mejor amigo de su marido.
Ella cruza la calle apretando los muslos, cuidando de no perder ni una gota de lo que él le pidió que llevara a casa. Su marido la espera despierto.
Bajó de las gradas vacías con un vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación. El entrenador todavía no sabía que esa tarde lo cambiaría todo.
Cuando Diego me dejó el coche y se fue a casa con el niño, no imaginé que terminaría la noche contra la pared del baño, con la boca de otro en mi cuello.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Quedaba una semana para mi boda cuando me senté en el centro del salón y dejé que un desconocido me convenciera de cruzar a esa habitación.
Bajé a la piscina creyendo que solo buscaba gimnasio y sol. No sabía que ellas ya habían decidido qué iban a hacer conmigo cuando los maridos cerraran los ojos.
Salí mojado de la ducha pensando que era mi madre quien tocaba el timbre. Pero al abrir la puerta estaba ella, la única mujer que nunca pude sacarme de la cabeza.
Mi mujer notó cómo el camarero la miraba mientras servía el té, y a mí se me ocurrió la idea más prohibida de todo el viaje: invitarlo a subir.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
«Sabés que me puse a pensar y se me ocurrieron varios inventos», escribió. Tres horas después había un desconocido tocando el timbre de nuestra casa.
La víspera de mi boda me preparé a solas en la suite del hotel. Lo que no sabía mi futuro marido es para quién me estaba preparando en realidad.