El beso que lo cambió todo seis días antes de mi boda
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.
Saira trazó el círculo, encendió las velas y pronunció el nombre prohibido. Lo que apareció entre el humo no era un esclavo dócil: era una mujer que sonreía.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, hasta que se rozó contra mí en el bar y entendí, por su sonrisa, que ella llevaba mucho tiempo pensándolo.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
La luz apenas entraba por la persiana, ella seguía dormida y yo solo pensaba en una cosa: perderme entre sus piernas antes de que abriera los ojos.
No quité los ojos de ella cuando se acercó a la cama. Sabía que lo que iba a pasar no debía pasar, y aun así dejé que se sentara sobre mis piernas.
Creía que bastaba con desnudarme delante de extraños para perder la vergüenza. Entonces aquella pareja se tumbó a mi lado y me miró como si ya supiera lo que yo aún no me atrevía a pedir.
Aquella noche aprendí que entregarla del todo significaba renunciar a mi propia virilidad mientras él la tomaba sobre mi cara.
«Lo que pasa en la costa, se queda en la costa», nos dijimos antes de cruzar esa cortina. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que iríamos sin la otra pareja.
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Bajé del baño y me la encontré de rodillas frente a él. En vez de frenarlo, me senté en la butaca de enfrente y decidí mirar hasta el final.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Diego y yo llevábamos años bromeando con cambiar de pareja por una noche. Cuando Sofía me tomó de la mano hacia su dormitorio, dejó de ser una broma.
Cuando entré en aquel cuarto y las vi a las dos juntas, tardé un segundo en distinguir cuál era mi esposa y cuál la desconocida que había pagado por ella.
Estaba desnuda haciendo yoga frente a la camper, ajena a todo. Cuando abrió los ojos y nos tendió la mano, supe que esa mañana no volveríamos iguales a casa.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.