Mi mejor amigo me pidió que lo hiciera esa noche
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Bajamos a la cocina siguiendo unos gemidos y los encontramos. Esa noche aprendí mirando lo que al día siguiente iba a animarme a probar.
Estaba seguro de que nadie podía hipnotizarlo. Se sentó en el sillón con una sonrisa de suficiencia, sin sospechar que esa mujer ya había decidido en quién iba a convertirlo.
Toqué la puerta una y mil veces y nadie abrió. Cuando recepción me dejó entrar, encontré maletas que no eran mías bajo la cama y un olor inconfundible.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
Mariana me preguntó si nunca había sentido curiosidad por besar a otra mujer. Yo le respondí con un impulso que cambió para siempre lo que éramos.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
Nunca había salido a la calle vestida así. Esa mañana, con la casa para mí sola, decidí que era el día de cumplir la fantasía que me quitaba el sueño.
Mido 1,62 y él 1,88. Cuando abrió la puerta en shorts y vi lo que tenía entre las piernas, pensé en darme la vuelta. No lo hice.
Su nick decía «travesti activa» y yo apenas tenía una experiencia encima. Esa tarde, en un hotel cerca del metro, aprendí lo que era estar realmente sometido.
Era la primera vez que la veía en persona. Pensaba contarle lo de la piscina y el socorrista, pero su mano sobre mi muslo cambió la conversación antes de que terminara la frase.
—No te apures —murmuró ella contra la pared—. Quiero sentir cada cosa que hagas, despacio, hasta que la noche entera se nos haga corta.
Bajé del colectivo con la cabeza llena de clases y el cuerpo lleno de otra cosa. Veinte minutos más tarde estaba en el auto de un desconocido, aprendiendo lo que nunca me animé a preguntar.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Bajé el cierre de su pantalón muy despacio, con miedo a despertarlo. Aquella madrugada cambió para siempre lo que yo entendía por placer.
Cuando bajé a tomar un café en la cafetería desierta del hotel, no imaginaba que él dejaría la fiesta para seguirme con una botella y una idea concreta.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.