La mañana en que mi novio quiso que lo dominara
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Pensé que eran imaginaciones mías, hasta que encontré un número escrito en el envoltorio de la toallita que me había entregado al bajar del avión.
Tengo treinta y cuatro años y nunca dudé de lo que era. Hasta que esa semilla empezó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, y ya no pude ignorarla.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Las nueve y media de la mañana, una hoja de Excel a medio corregir y, de pronto, el cuerpo desnudo de su novio rozándole la nuca. Trabajar iba a ser imposible.
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Conocía sus horarios, el ruido de sus botas, el momento exacto en que se quitaba la camisa por el calor. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llevarme esa obsesión.
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
Le dijo a su abuelo que ya se marchaba, pero ni siquiera salió del edificio: Sonia la esperaba al final del pasillo con cinco viejos sin lavar y una promesa que la hacía temblar.
Hacía dos semanas que nadie me usaba como yo necesitaba, así que me puse el vestido más fácil de quitar y bajé al único sitio donde sabía que jamás me dirían que no.
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
Bajó las escaleras de aquella consulta sabiendo que no saldría siendo la misma mujer: tres pares de manos la esperaban para recordarle lo que de verdad era.
Le ordené que se quedara de rodillas y no se moviera. Lo que vino después le enseñó que, conmigo, obedecer no es una opción: es la única regla que existe.
Cuando cerramos la puerta del dormitorio, dejamos de ser la pareja correcta que todos conocen. Ahí dentro no hay límites, solo los que ponemos para romperlos.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
Entró al mercado medio derruido buscando pruebas para una denuncia y encontró a cuatro hombres dispuestos a usarla como nunca nadie la había usado.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.