Aprendí a desear lo que durante años escupía
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
Solo quería sentarme en la penumbra y tocarme un rato. No contaba con que un completo desconocido, a tres butacas de distancia, me hiciera perder la cabeza.
Bajé al despacho esa madrugada solo para descubrir el plan que tenían para mí. Y, en lugar de huir, me arrodillé y dije que sí a todo.
Me arrodillé frente a la ventana sin imaginar que uno de ellos ya había rodeado la casa y me observaba en silencio desde la puerta trasera.
Llevábamos dos horas bebiendo cuando le solté, medio en broma, lo que llevaba años imaginando. Él se rio. Yo no.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Corrí bajo el aguacero hasta mi puerta creyendo que ya estaba a salvo. No me di cuenta de que él había entrado detrás de mí, hasta que sentí su mano en mi espalda.
Faltaba poco para cerrar cuando sonó la campanilla. Entraron él y ella, pidieron encaje negro y, sin saberlo, me ofrecieron la tarde que llevaba meses fantaseando a solas.
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
«Vivo en el interior del lago», le dijo ella sin pestañear. Damián la tomó por una excéntrica y la siguió igual. Lo que halló en el fondo no era ningún cielo.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Me senté entre un hombre mayor y un chico que estaba para comérselo. Entonces el tren frenó en seco, las luces se apagaron y una mano buscó la mía.
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.