La duenda vino a cobrarme la suerte en siete noches
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.
Bastaba con poner cierto tono de voz y mi hijo soltaba el mando, mi mujer se desnudaba. Tardé dos semanas en entender qué hacer con algo así.
Llevaba semanas imaginando una noche así, sin nombres ni promesas. Lo que no imaginé fue que él me estuviera mirando desde la barra como si ya supiera todo.
Nadie le creyó que la bestia existía. Por eso volvió al monte a buscarla, aunque eso significara perderse para siempre en la nieve y en sus garras.
Esperaba un esposo enclenque al que despreciar. Cuando el rey se inclinó a besarle la mano, la punta de su lengua le rozó la piel y supo que se había equivocado.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.
Sabía que esa blusa lo pondría nervioso. Lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llevarlo aquella tarde, con el departamento vacío y la puerta cerrada.
Dijeron que la noche estaba empezando y que su piso quedaba a dos calles. Ninguno de los dos dijimos que no, y eso lo cambió todo entre nosotros.
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Me desperté segura de que solo había sido una pesadilla calenturienta. Entonces vi la caja sobre la mesita del salón, igual que en el sueño, y el café se me escapó de las manos.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Dejé el picardías colgado a la vista en el baño, calculé cada gesto y esperé a ver hasta dónde se atrevía a llegar el chico del cuarto B.