Mariana me pidió que la abrazara esa tarde
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Camila y yo aceptamos la invitación sin imaginar que detrás de esa puerta vivía una familia donde todos compartían bastante más que la mesa del comedor.
Cuando se inclinó sobre el plato y me preguntó qué quería de cumpleaños, contesté lo único que llevaba meses imaginando. Tardó cinco días en cumplírmelo.
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
Cuando me regaló la rosa y me besó casi en los labios fingiendo equivocarse, supe que al día siguiente, apenas mi marido cruzara la puerta, lo iba a hacer pasar.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Llevaba años sin sentir ese cosquilleo. Pero aquel hombre canoso que alimentaba palomas me miró de una forma que despertó todo lo que creía dormido.
Cuando abrí los ojos sobre su pecho y vi cómo me miraba, entendí que la siesta había sido solo el descanso entre un asalto y el siguiente.
Esa noche de tormenta volví empapada y abrí sin avisar la puerta del cuarto: lo que vi sobre nuestra cama me cambió la cabeza más que cualquier reclamo posible.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.
Llevaba media tarde recordando aquel viaje al norte cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. Lo último que imaginé fue lo que ese desconocido haría conmigo.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Volví por las llaves, pero me quedé entre las matas, en silencio, viendo cómo dos de mis empleados encendían algo que después no pude apagar dentro de mí.
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Bamboleaba las caderas sabiendo que él la miraba desde el remolque, y decidió que ese camionero no se marcharía sin dejarle algo que recordar entre los pinos.
Mi madre rentó el cuarto de sobra a dos hermanos recién llegados, y desde el primer día sentí cómo me desnudaban con la mirada. No imaginé hasta dónde llegaría.
Mi amiga me empujó suavemente con una sonrisa cómplice. «Anda», me dijo, «no te va a quitar los ojos de encima en toda la noche». Y tenía razón.