El camarero del bar que quería ser mi mujer
Cada noche me quedaba hasta el cierre solo por verlo moverse tras la barra. No imaginaba que dentro de aquel chico tímido vivía la mujer que cambiaría mi vida.
Cada noche me quedaba hasta el cierre solo por verlo moverse tras la barra. No imaginaba que dentro de aquel chico tímido vivía la mujer que cambiaría mi vida.
Ella se levantó enfadada porque él miraba el fútbol y ni la notaba. No sabía que ese golpe contra la mesa iba a encender toda la tarde.
Habíamos pasado meses inventando excusas para no quedarnos solos. Esa madrugada se nos acabaron las excusas, y la cocina dejó de ser solo una cocina.
Subí a su piso a las nueve con la excusa de un proyecto a medias. Ninguno de los dos quería hablar de trabajo, y los dos lo sabíamos desde que abrió la puerta.
Ninguno de los dos buscaba nada esa noche. Pero cuando sus miradas se cruzaron sobre la barra, los dos supieron que no iban a dormir solos.
Llevábamos meses sin tocarnos de verdad. Esa madrugada levanté la sábana solo para mirarlo, y lo que empezó como pura curiosidad terminó devolviéndome algo que creía perdido.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
Seis meses cuidando cada prenda que ella tendía conmigo, sin decir nada. Hasta que entendí que aquellos encajes eran un mensaje que llevaba semanas sin atreverse a decir.
En esa fiesta familiar yo era la más lanzada de mis primas, así que fui yo la que se atrevió a preguntarle a don Saúl por qué le decían «el potro».
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.
Siempre digo que soy tímida, pero la verdad es que nada me calienta más que la posibilidad de que alguien abra la puerta en el peor momento.
Le dije que sí porque me excitaba más que a ella. Lo que no calculé fue quedarme dormido justo cuando empezaba lo bueno.
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Una bombilla del pasillo cedió y se apagó. En la penumbra, sus manos rodearon mi cintura y supe que llevaba años esperando ese instante sin atreverme a nombrarlo.
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.