El marinero que me inició antes de zarpar
Me prometió una plaza en la goleta si lo acompañaba al callejón. Lo que vi por aquella ventana y lo que pasó después cambió todo lo que creía saber de mí.
Me prometió una plaza en la goleta si lo acompañaba al callejón. Lo que vi por aquella ventana y lo que pasó después cambió todo lo que creía saber de mí.
Se quitó la camiseta empapada delante de mí, sin saber que lo había escuchado todo desde la ducha. Lo que le ofrecí esa tarde le cambió la idea del placer.
Llevaban toda la vida siendo inseparables, pero esa tarde, solos en el sofá, ninguno de los dos quiso fingir que aquel beso había sido un accidente.
Llevaba semanas deseando que volviera a buscarme. Esa noche entendí que, si quería sentir de nuevo aquello, tendría que ir yo a buscarlo a otra parte.
No podía dejar de mirar el cuerpo de Bruno bajo el agua, y cuando se dio vuelta con los ojos cerrados supe que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Iba borracho en el metro cuando abrí la app por aburrimiento. No imaginaba que ese mensaje de un desconocido terminaría conmigo de rodillas en un trastero a oscuras.
Tenía una semana para decidir si lo dejaba todo atrás. Esa noche, cuatro hombres se propusieron que olvidara la decisión, aunque fuera solo por unas horas.
Entré con un vaso de agua y lo encontré cambiándose de pantalón. A partir de ese segundo supe que todo lo que creía saber de mí mismo era mentira.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
El anuncio decía «sesión erótica gratuita para chicos jóvenes». Lo que no decía, y yo entendí perfectamente, era cómo pensaba cobrármela aquella noche.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Se quedó en mi sofá un par de semanas, cortés y distante, hasta que una tarde dejó caer la frase que despertó todo lo que enterramos en aquellos veranos.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Llevaba dos semanas sin descargar y la imaginación me jugó una mala pasada en pleno turno. Lo que no esperaba era que alguien se diera cuenta antes que yo.