El deseo prohibido que despertó al espiar a su esposa
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
—Tú eres Ardiente, ¿verdad? —dijo, y entendí que conocía mi alias del foro mucho antes de sentarse frente a mí con esa sonrisa que no prometía nada inocente.
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
Ella lo dijo entre risas, casi como un juego: que ese amigo nuestro le gustaba. Nunca pensé que terminaríamos los tres en la misma habitación.
Cada madrugada repetía la misma fantasía delante de la cámara, convencido de que jamás saldría de la pantalla. Hasta que un desconocido lo reconoció en la calle.
Me retoqué frente al espejo, sonreí y volví a la cocina con un plan que ninguno de ellos imaginaba. Esa noche el menú lo elegí yo.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Cuando lo encontré otra vez sentado de espaldas a la puerta, supe que ya no me interesaba reñirlo: quería averiguar por qué seguía volviendo a buscarme.
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
Cuando me jaló de la manga para entrar al atrio, todavía no entendía lo que tenía planeado para la banca del fondo, lejos de los pocos ancianos que rezaban.
No sabía cómo vestirme para mi primera vez en un sitio así. Lo que no imaginaba era que la noche terminaría conmigo de rodillas, en la oscuridad, deseando más.
Abrí los ojos antes que el despertador, ya mojada, ya buscándote en una cama donde solo estaba yo. Y supe que el día entero iba a doler así.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.