Lo que pasó en la cocina del rancho esa noche
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Esa semana todo iba mal con mi pareja. Mi ex aprovechó la primera grieta y Diego esperaba con una foto que me dejó sin palabras. El fin de semana más sucio de mi vida.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Fui a ese club de mala gana. Nicolás llegó a buscar a su hermana y se fue conmigo. Nadie lo sabe todavía, y tampoco me arrepiento.
Llevaba semanas escribiendo fantasías para desconocidos. Esa noche quise ser yo la protagonista del relato que él no podía dejar de leer.
Cuando pasé por el taller, las luces estaban apagadas. Pensé que se habían ido. Entonces escuché su voz desde la ventana del camión, llamándome por mi nombre.
Dejé el coche a media cuadra para no hacer ruido. La puerta estaba sin seguro y las luces apagadas. Lo que encontré al fondo del pasillo cambió todo.
Eran las tres de la mañana, la casa dormía y yo estaba sentada en su regazo sin entender cómo había llegado hasta ahí.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Cuando entré al camión a revisar los palés, él subió detrás de mí. Nadie más estaba en la nave. Y los dos sabíamos exactamente qué iba a pasar.
Ella eligió al hombre. Yo organicé los encuentros. Ninguno de los dos sabía exactamente cómo terminaría aquella noche de primavera en Barcelona.
Entró a la habitación de Diego con solo una tanguita negra bajo la bata. Él dormía. Ella se sentó en el borde de la cama y la mano se le fue sola.
Subí la escalera de metal con la pollera pegada al cuerpo y la mochila llena de billetes, sintiendo todas las miradas del taller trepando por mis piernas.
Cuando entré por la puerta de su casa, mi mejor amiga me esperaba con el instructor sentado al lado y una sonrisa que no admitía marcha atrás.
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.