El amigo que me inició y terminó siendo mi novio
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Todo empezó con una paja entre colegas viendo una peli. Y cada vez que jura que no fue nada, la siguiente confesión lo desmiente un poco más.
Lo que iba a ser un almuerzo cualquiera con un desconocido de internet terminó conmigo en su cama, mordiendo la almohada para no gritar.
Salí del vestuario sin ducharme, oliendo a tigre, sin imaginar que aquella noche dos compañeros de equipo me arrastrarían a algo que jamás creí desear.
Todavía me arde por dentro y no puedo dejar de pensar en lo que me hiciste. Te escribo esta carta porque ya no aguanto las ganas de volver a ser tuya.
Llevábamos un mes coqueteando entre monitores cuando me llevó al asiento trasero de mi coche. Lo que descubrí semanas después lo cambió todo, y no como yo temía.
Vivía a doscientos metros de mí. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente me daba miedo, pero esa tarde la calentura le ganó a todo lo demás.
Llevábamos siglos odiándonos y queriendo matarnos. Lo que no esperaba era acabar con su polla hasta el fondo mientras el coche se caía a pedazos debajo de nosotros.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Me desperté duro, decidí no hacerme la paja típica y me fui al cruising. Lo que no imaginaba era acabar arrodillado con tres pollas alrededor de la cara.
Le dije que era muy chico para mí, y su respuesta fue una foto que me hizo cambiar de opinión. Nunca había estado con alguien tan joven desde que empecé a vestirme de mujer.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Me senté en la banca con el vestido más corto que tenía, esperando a un desconocido que solo me conocía por una pantalla. No sabía que esa noche dejaría de ser virgen.
Llevaba meses fantaseando con estar con una chica trans. Esa noche, en el asiento del copiloto, ella me susurró al oído que se había dado cuenta de cómo la miraba.
Abrí la puerta a las tres de la madrugada y la encontré tambaleándose con los tacones en la mano. Ninguno de los dos imaginaba lo que esa noche iba a desatar.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
Nunca había aceptado un encargo así: él solo quería sentarse a mirar mientras otros me usaban, y guardar para el final lo que ellos dejaban dentro de mí.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
Llevo años aceptando que mi prima ocupa un lugar en mi matrimonio. Esa tarde, al cerrar la puerta del apartamento, sabía exactamente lo que iban a hacer arriba.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.