Acepté lo que mi amigo me pidió en su auto
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando bajé al fin sus bóxers entendí lo que tanto lo asustaba mostrarme. Quise demostrarle que aquello que él odiaba de sí mismo era justo lo que yo no podía dejar de besar.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.
Vino a buscar las últimas cajas y yo le pedí algo absurdo: que me mintiera, durante una tarde entera, sobre todo lo que sentía cuando la tocaba.
Subió la escalerilla y dejó ese culo a dos dedos de mi cara, sacudiéndose el agua del pelo como un cachorro, sabiendo perfectamente lo que hacía.
Levantó la cabeza para darme el encendedor y entonces lo reconocí. Tomás. El mismo que a los quince años me había enseñado lo que ningún libro contaba.
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.
Eran casi las once de la noche y el edificio entero parecía vacío. Cuando giré la silla, lo único que faltaba era que alguien abriera esa puerta. Y la abrieron.
Llevaba minifalda, medias negras y unas gafas de sol que me impedían saber cuándo me estaba pillando. Hasta que dejó de disimular y empezó a jugar conmigo.
El recepcionista le guiñó un ojo al entregarle la toalla. Aquel gesto fue solo el comienzo: en cada sala lo esperaba un cuerpo distinto y un calentón nuevo.
Bajé del camión con la cabeza caliente y los pantalones apretados. Sabía a qué iba al baldío, pero no que iba a salir cogido tres veces seguidas.
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
Sabían que el olor fuerte y el vello me ponen como pocas cosas. Aquel sábado llegaron con esa sonrisa que solo significaba una cosa: la sorpresa era para mí.
Empecé a tocarme cada vez que oía su voz en el taller a distancia. Nunca imaginé que meses después abriría la sala de juntas y los encontraría a los dos.
Subí las escaleras detrás de ella con la mirada clavada en su falda, sin imaginar que esa noche no sería yo quien tomara las decisiones.