Se fue sola a la selva harta de hombres tibios
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
Una tubería rota nos obligó a dormir a los hombres juntos. Toni a un lado, yo al otro, y entre los dos, Sergio... que no dormía tan profundamente como creíamos.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Aún recuerdo el ruido del casco al dejarlo sobre mi mesa y cómo se desabrochó el cinturón sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho aquello mil veces.
Lo había escrito sin rodeos: «Me apetece comerme una polla». No esperaba que me respondiera alguien tan nervioso, ni que después no quisiera marcharse.
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era mi plan para un sábado. Pero entré a la sauna, crucé dos miradas y todo cambió.
No pensaba irme sin mi premio. Apagué las luces, bajé la ventanilla y esperé a que unos faros se acercaran en la oscuridad del descampado.
Toqué el timbre esperando a mi novio. Abrió un hombre de casi sesenta años que me miró de arriba abajo y entendió, en un segundo, exactamente lo que yo era.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Dormía en el metro, muerto de frío, cuando un hombre se me acercó y me habló de dinero fácil. No imaginé hasta dónde estaría dispuesto a llegar por un billete de vuelta.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Cuando la toalla resbaló, el chico seguía sentado, mirándome a los ojos con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Y entonces estiró la mano hacia mí.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Esa noche me puse las calzas color carne, la chaquetilla dorada y la peluca de melena. No imaginé que el disfraz iba a desatar lo que desató.
Aquella mañana se despertó coqueto consigo mismo. Subió la colina con sus ovejas, se quitó la camiseta bajo el árbol y empezó a tocarse, sin saber que alguien lo miraba.
El amanecer encontró sus cuerpos desnudos sobre las sábanas revueltas. Mateo abrió los ojos y trató de reconstruir, hora por hora, cómo aquel desconocido había llegado a su cama.
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Nunca imaginé que una revisión médica rutinaria terminaría con tres desconocidos compartiendo algo que los tres creíamos perdido para siempre.
Por primera vez en seis años apagaron los teléfonos. Tres días en mitad de la nada para descubrir si lo suyo podía sobrevivir a la luz del día.