Su amo adelantó el final de la cuarentena
Maite sabía que cuando Andrés bajaba la voz hasta ese susurro grave, la decisión ya estaba tomada y a ella solo le quedaba obedecer.
Maite sabía que cuando Andrés bajaba la voz hasta ese susurro grave, la decisión ya estaba tomada y a ella solo le quedaba obedecer.
Mi amante me dejó con ganas de más, pero mi esposo sabía exactamente cómo tratarme: sin romanticismos, sin piedad, como la sumisa que soy.
Llevaba años decidiendo quién obedecía y quién suplicaba. Ninguno de sus clientes sabía que detrás del espejo alguien estudiaba el modo de destronarla.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.
Llevaba treinta años cerrando proyectos para la empresa. En mi viaje de despedida no imaginé que quien viajaba a mi lado iba a despedirme de otra forma.
Siempre creímos que nadie nos veía. Esa mentira que nos contábamos fue el principio de todo lo que vino después, noche tras noche.
Empezó como una broma en el parque: «¿Te lo envuelvo para llevárnoslo a casa?». Meses después, una cámara escondida convertiría esa broma en otra cosa.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Supe que algo iba mal en cuanto le vi la cara al entrar. No hubo saludo, solo una frialdad calculada y una orden: «Di en voz alta de qué eres responsable».
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
Acepté la fantasía de mi novio creyendo que los dos saldríamos ganando. Esa madrugada, mientras yo gritaba en una habitación, él escuchaba todo del otro lado de la puerta.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Cada semana mirábamos las fotos de la entrada sin atrevernos a entrar. La noche que cruzamos la puerta descubrí hasta dónde era capaz de llegar con él mirándome.
Un post-it amarillo sobre la cajita decía una sola palabra: «Ponme». Eran las dos de la madrugada y la curiosidad pudo más que el cansancio acumulado de la noche.
Conecté el sistema desde la oficina solo para vigilar la herramienta. Lo que apareció en la pantalla fue mi mujer quitándose el bikini delante de él.
—Marina, no te lo vas a creer: entré a hacer la habitación y había una pareja en la cama. Y yo me quedé mirando desde la puerta, sin poder moverme.
Yo tardaba a propósito en darle el abrigo, disfrutando de cómo los hombres la miraban. No imaginé que uno se atrevería a tanto delante de mí.
Mi marido llevaba dos décadas esperando que cruzara esa línea. Nunca imaginé que lo haría una tarde cualquiera, contra la pared de mi propia oficina.