La fantasía que cumplí mientras él jugaba online
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Tres horas bajo el sol, empapado de sudor, y desde la sombra del árbol vio algo en la terraza que lo dejó sin aire: ellos sabían que los miraba.
Salí de casa con un suéter que transparentaba todo y sin nada debajo. Mi novio caminaba detrás de mí, mirándome, mientras los ojos de otros me recorrían entera.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
Apoyé las manos en la pared fría, respiré hondo y entendí que al otro lado alguien esperaba el permiso invisible para empezar a tocarme.
Teníamos un pacto y una sola palabra para frenarlo todo. Pero mientras dormía boca abajo, supe que esa mañana no iba a pronunciarla.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Pensé que era la recepcionista volviendo por un olvido. Era ella, con esa sonrisa que nunca significaba nada inocente, y el cerrojo girando a su espalda.
Entramos a la ducha solo para quitarnos el cansancio del día. Salimos de ahí con una idea muy distinta en la cabeza y un reto que ninguno pensaba perder.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Le mandé una foto de una cajita y cuatro palabras: «esta noche jugaré contigo». No sabía que el juguete nuevo no era para mí, sino para él.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.
Crucé la puerta de casa siguiendo una música solemne y la encontré tendida en la cama, encadenada de oro y mirándome como si yo fuera su único dueño.
Apenas llevábamos dos semanas casados cuando descubrí de lo que era capaz su carácter, y la primera bofetada fue solo el comienzo de aquella tarde.
«Quítate la ropa», dijo sin levantar la voz. Y él, después de quince años juntos, supo que el fin de semana entero le pertenecía a ella.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Bastó un comentario en la oficina para que él decidiera que su mujer pasaría por quirófano. No por el bebé: por seguir siendo el único dueño de su cuerpo.