La fiesta de parejas que no fue lo que esperábamos
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Cuando me preguntó con voz suave si quería hacerlo esa noche, supe que todo lo que habíamos construido juntas llegaba a ese momento.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Marcos la controlaba desde su mesa, un dedo sobre la app y los ojos fijos en ella. Cada vez que pulsaba el botón, Clara tenía que morderse el labio para no gemir.
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Cuando Diego me quitó la blazer frente a Malik, sus ojos oscuros fueron directos a mi escote. Supe al instante que esa noche no iba a decepcionar.
Cuando Lucía salió del agua y los miró desde la orilla, ellos dos supieron que aquella tarde no iba a terminar en sus tumbonas.
Cuando subimos a su hermano a la cama, ya no se movía. Camila empezó a quitarle los zapatos, después el cinturón, después algo más.
Apareció en la puerta sin avisar, con cara de pelea y una botella bajo el brazo. A las tres de la madrugada nada de lo que sabía sobre él era cierto.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Llevaba años fingiendo que no miraba los pechos de mi hermana. Aquella tarde, los tres metidos en la bañera, dejé de fingir.
Aquella tarde de café se transformó en una noche en el parque. Lo que ocurrió junto al río, bajo la luz de la luna, marcó para siempre lo que sentía por él.
Cuando él le pidió fregar el suelo de rodillas, ella no había hecho nada mal. Esa era la prueba: obedecer sin castigo, demostrarle que su mano era la única medida.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Eran las cuatro de la tarde, los tres con resaca, mi novio sin saber qué decir y su amigo mirándome como si supiera lo que yo iba a proponer en la cocina.
Había bajado del escenario para agradecer los aplausos, pero su mirada se quedó clavada en los ojos de mi esposa, y supe que esa noche cambiaría todo.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Mientras le contaba al oído cómo aquel hombre me había llevado al límite, sentí la mano de mi marido temblar. Esa noche, mi pasado nos encendió a los dos.
Llegué a casa de Carolina con un secreto ya consumado entre los setos del jardín. Lo que vino después convirtió la fiesta en algo difícil de contar.