Mi secretaria ayudó a mi marido mientras yo enfermaba
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
A las tres de la madrugada el champán seguía abriéndose y ella, sentada en el sofá, no apartaba los ojos de nosotros mientras yo te buscaba la cintura bajo el vestido.
Cuando mi madre y su amiga aparecieron sin avisar, mi novio seguía en cueros dentro del agua y yo en topless. Lo que vino después todavía me hace sonreír.
Carlos no veía la cortina entornada. Yo sí. Y la rubia que me miraba desde el otro lado tampoco apartaba los ojos de mí. Mi cuerpo decidió antes que yo.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Cuando vi su silueta agazapada detrás del cristal, supe que llevaba un rato observándonos. Y en lugar de detenerme, le sostuve la mirada.
Cuando bajé al fin sus bóxers entendí lo que tanto lo asustaba mostrarme. Quise demostrarle que aquello que él odiaba de sí mismo era justo lo que yo no podía dejar de besar.
La voz de Diego en el audio sonaba derrotada. Cuando escuché el nombre de ella, supe que llevaba meses engañándome desde su oficina.
Cuando Matías y yo volvimos del kiosco con los cigarros, Camila y Renata ya estaban demasiado cerca en el sillón, murmurándose cosas al oído.
Vino a buscar las últimas cajas y yo le pedí algo absurdo: que me mintiera, durante una tarde entera, sobre todo lo que sentía cuando la tocaba.
Cuando la cuarta acompañante entró al salón con vestido rojo, la bandeja de tragos se me resbaló de las manos. Era mi esposa.
Cogí su móvil para llevarlo al cargador y una notificación lo cambió todo: un grupo entero de hombres pendiente de mí, y yo sin saberlo.
Cuando bajé al jardín a fumar, él ya estaba ahí esperando. Sabía que tarde o temprano íbamos a quedarnos solos. Y yo también lo sabía.
Trabajo desde casa, sola y aburrida, hasta que llega el paquete que lo cambia todo: copa G, perfectas, listas para que mi hombre las descubra con sus propias manos.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Tres horas antes le había mordido el cuello bajo el agua tibia. Ahora otro le tomaba el brazo como si fuera suya, y ella no se apartaba.
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
Cuando vi a Lucía aparecer en aquel diminuto bikini fucsia, supe que la mujer recatada con la que llevaba años casado había desaparecido antes de empezar.