Convencí a mi esposa de cumplir mi mayor fantasía
Tres meses después de aquella primera charla en el sofá, le acomodé el vestido, le aparté el tanga con dos dedos y la mandé sola al hotel sabiendo que volvería marcada.
Tres meses después de aquella primera charla en el sofá, le acomodé el vestido, le aparté el tanga con dos dedos y la mandé sola al hotel sabiendo que volvería marcada.
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Cuando volvimos de la compra, encontré a mi tía con los ojos brillantes y el pelo revuelto. Algo había pasado en esa casa mientras estábamos fuera, y no fue precisamente limpiar.
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.
Le dije que solo íbamos a cenar fuera y cambiar de aires. No le conté que llevaba semanas preparando lo que pasaría esa noche en la habitación del hotel.
Cuando llamaron a la puerta de la habitación, entendí que mi mujer no había bajado a bailar por casualidad: lo tenía todo planeado desde mucho antes.
Me dijo que su cuerpo era un detector de mujeres insatisfechas. Bailamos una sola salsa y me prometió que, si lo dejaba intentarlo, no necesitaría más de tres horas.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Le pedí a mi mujer que cumpliera la fantasía que llevaba años imaginando. No esperaba sentir orgullo en lugar de celos cuando otro hombre la tocó por primera vez.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
«Buenas noches, princesa», me susurró mi esposa al oído. Y algo dentro de mí, algo que ella había plantado semanas atrás, respondió como si llevara toda la vida esperando ese nombre.
Llevaba años flirteando con mi mujer en cada reunión del gimnasio. Aquella noche, con el ambiente caldeado, dejó de ser un juego mientras yo lo veía todo desde el sillón.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Nunca imaginé que aceptar un intercambio de parejas terminaría revelándome un secreto que mi marido había guardado desde la escuela.
Mientras yo me llevaba a su marido a la caseta del fondo, ella ya espiaba al peón desde la ventana. Cada minuto de ese fin de semana estaba planeado.
Cuando bajamos del coche, mi mujer apenas podía cerrarse el vestido y Mateo todavía olía sus bragas. Lo demás lo vi desde el marco de la puerta.
Tres margaritas, el patio lleno de invitados y la mano de Mateo deslizándose bajo mi falda antes de doblar la primera esquina. Nadie en casa sospechaba nada.