Mi entrenadora era mujer y no supe decir no
Cuando se quitó la camiseta empapada delante de aquella chica, supo que ya no estaba sudando solo por el calor del granero.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando se quitó la camiseta empapada delante de aquella chica, supo que ya no estaba sudando solo por el calor del granero.
La adoraba en silencio desde niña. La noche antes de marcharse me pidió que la ayudara a desvestirse, y mis manos temblaron al rozar por fin su piel.
Ocho años de carrera y ningún paciente me había mirado así. Esa tarde ella subió los pies al sillón, me sostuvo la mirada y todo lo que yo creía firme empezó a temblar.
Llegué soltera y aburrida, dispuesta a marcharme temprano. Entonces sonó la lambada y unas manos firmes me tomaron de la cintura desde atrás.
Llevaba cinco años con su novio y nunca había dudado. Hasta que aquella mujer de ojos negros la miró fijo en el andén y algo se rompió por dentro.
La oí cerrar las maletas al otro lado del muro y supe que se iría con el alba. Descalza y temblando, crucé el pasillo hasta la puerta entornada de su cuarto.
Tenía las manos heladas en la sala de embarque, pero no era por el frío: en pocas horas volvería a verla y no sabía si correría a abrazarla o a esconderme.
Llevábamos años odiándonos en la oficina, pero esa noche, con la cuarta margarita en la mano, su pulgar rozó mi muslo desnudo y todo cambió.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Seis años fingiendo que no pasaba nada cada vez que se rozaban. Esa noche, con la ciudad dormida, ninguna de las dos quiso seguir fingiendo.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Creí que iba a guiarla en su primera experiencia, pero fue ella quien tomó el control y me enseñó hasta dónde podía llegar mi cuerpo.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Después de veinticuatro años casados, Marina me susurró que solo quería mirar. Tres horas más tarde, yo miraba cómo otro hombre la hacía perder la cabeza.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.
Solo me puso una condición: si no le gustaba él, no había nada. Lo que no esperaba era que, al final de la noche, fuera ella quien decidiera dejarme a solas con la otra.