La noche que mi marido quiso verme con otro hombre
Acepté por él, sin saber que cruzar esa puerta cambiaría la idea que yo tenía del placer. Esa noche dejé de ser solo suya.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Acepté por él, sin saber que cruzar esa puerta cambiaría la idea que yo tenía del placer. Esa noche dejé de ser solo suya.
Estaba desnuda sobre el regazo de su novio, todavía agitada, cuando lo dijo con una media sonrisa: «Ya que nos hemos puesto… podríamos seguir». Nadie se esperaba eso de ella.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Solo quería entender su cuerpo antes de casarse. Nunca imaginó que aquel grupo de terapia la llevaría a traicionar todo lo que creía sobre sí misma.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Tenía el corazón disparado y las piernas tensas. No quería mirar, no quería pensar; solo quería que él siguiera y descubrir, por fin, lo que tantas veces había imaginado.
Llevaba años bañándome desnudo en aquel arroyo creyendo que era solo mío. Esa tarde, entre la maleza, dos ojos jóvenes me observaban sin pudor.
Durante eones solo conocí el silencio del vacío. Hasta que enganché una señal en un mundo azul y, sin pedir permiso, me colé en el cuerpo de una mujer que ardía.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Eran las dos de la mañana cuando aceptó cruzar mi puerta. Solo me pidió tres cosas, y la tercera era la que más me excitaba: que pudiera arrepentirse cuando quisiera.
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.
Llevaba años entrando a escondidas solo para mirar. Aquella tarde de verano, por fin, decidí abrirle la puerta a uno de ellos.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Veinte años, virgen y encerrado entre cómics. Mi padre creía que un viaje al campo me convertiría en hombre. No imaginaba quién me estaría esperando allí.
Entré temblando en aquel piso a oscuras a esperar a un hombre al que jamás había visto. Lo que pasó esa tarde me marcó para el resto de mi vida.
Aquel sótano de piedra bajo su casa fue mi escuela secreta: ahí aprendí lo que ni me animaba a nombrar, primero con Tomás y después con su hermano.
Se decían hermanos, machos, intocables. Pero cada excusa —la creatina, el cansancio, la técnica— escondía la misma verdad que ninguno se atrevía a nombrar.