El chaval del gimnasio se quedó a solas conmigo
Se quitó la camiseta empapada delante de mí, sin saber que lo había escuchado todo desde la ducha. Lo que le ofrecí esa tarde le cambió la idea del placer.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Se quitó la camiseta empapada delante de mí, sin saber que lo había escuchado todo desde la ducha. Lo que le ofrecí esa tarde le cambió la idea del placer.
Llevaba diez años sin pensar en mi propio cuerpo. Bastó que aquel masajista clavara sus dedos en mi espalda para que algo que creía imposible empezara a despertar.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.
Llevaban toda la vida siendo inseparables, pero esa tarde, solos en el sofá, ninguno de los dos quiso fingir que aquel beso había sido un accidente.
Sabía que en cuanto cruzara su puerta no habría vuelta atrás: hoy iba a dejar que me lo hiciera de verdad, y llevaba toda la semana imaginándomelo.
Iba borracho en el metro cuando abrí la app por aburrimiento. No imaginaba que ese mensaje de un desconocido terminaría conmigo de rodillas en un trastero a oscuras.
Entré con un vaso de agua y lo encontré cambiándose de pantalón. A partir de ese segundo supe que todo lo que creía saber de mí mismo era mentira.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
Cazaba ciervos en el monte cuando unas garras me alzaron hacia las nubes. Al despertar, un hombre de barba hirsuta y sexo erecto me esperaba sobre un lecho de mármol.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Cuando aquel hombre apoyó las manos en mi espalda, supe que ya no se trataba de la fiebre ni del cansancio del viaje, sino de algo que evitaba desde hacía años.
Se quitó el zapato dentro del auto, deslizó el pie hasta mi entrepierna y susurró: «¿Tu primera vez va a ser obedeciéndome? Mejor para los dos».
Centella me sujetó contra la pared de la cabina, sus pechos contra mi cara, y susurró que aprendiera a quedarme quieta y a obedecer cada orden.
Le había escrito que sería mi primera vez sometido. No imaginé que el primer gesto al abrir la puerta sería una bofetada y la orden de arrodillarme.
La regla había sido siempre la misma: su virginidad era intocable. Esta noche, frente a una sala de hombres ávidos, esa regla se rompería ante el mejor postor.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.
Llevábamos dos horas bebiendo cuando le solté, medio en broma, lo que llevaba años imaginando. Él se rio. Yo no.
Corrí bajo el aguacero hasta mi puerta creyendo que ya estaba a salvo. No me di cuenta de que él había entrado detrás de mí, hasta que sentí su mano en mi espalda.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.