Encontré los calzoncillos marcados de mi primo
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Llegó del entrenamiento con el uniforme todavía puesto, me miró desde arriba y entendí que esa tarde algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Llevaba años fingiendo que no miraba sus pies. Esa noche, descalza sobre la cama, me ordenó arrodillarme y supe que ya no habría vuelta atrás.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Llevaba algo escondido en la mano y esa sonrisa no presagiaba nada inocente. —Saca la lengua —me ordenó, y yo ya sabía que iba a obedecer.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Nadó hacia mí sin dejar de mirarme y, en el agua tibia del atardecer, comprendí que aquello que sentíamos de chicos nunca se había ido del todo.
Llegué a la granja con mis camisetas de marca y mis aires de ciudad. Ellas tenían las manos curtidas, un cuchillo afilado y muchas ganas de bajarme los humos.
Las decisiones importantes siempre las tomaba él. Por eso, cuando dijo que necesitaba a alguien más en casa para esas semanas, supe que ya estaba decidido.
Siempre supe que mi madre era distinta a las demás, pero hasta esa madrugada no entendí cuánto, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo.
Sabía que esos dos no me habían invitado solo a pescar. Y yo, si soy sincera, tampoco había dicho que sí solo por el río.
Aparté la cortina con miedo, pensando que eran ladrones. Lo que vi en el patio me dejó sin aire y con la mano temblando entre las piernas.
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.
Mariana me preguntó si nunca había sentido curiosidad por besar a otra mujer. Yo le respondí con un impulso que cambió para siempre lo que éramos.
Cuando apagamos las luces y nos metimos bajo la misma manta, no imaginé que esa pregunta tonta sobre besos iba a terminar con sus dedos buscando los míos en la oscuridad.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
La primera vez que me arrodillé frente a mi primo dejé de ser quien era. Lo que vino después me cambió el cuerpo para siempre.
Cuatro años atrás, su madre entró justo a tiempo para evitar el pecado. Esta vez, con todos lejos y la banda retumbando abajo, nadie iba a abrir esa puerta.