Mi prima política me buscó después de la luna de miel
Apenas le di la mano para felicitar al recién casado, su mujer me sostuvo la mirada un segundo de más. Esa noche me susurró que la buscara al volver del viaje.
Apenas le di la mano para felicitar al recién casado, su mujer me sostuvo la mirada un segundo de más. Esa noche me susurró que la buscara al volver del viaje.
Cuando abrí la puerta y vi a mi prima parada en el umbral con esa sonrisa, supe que la noche con mi novia ya no terminaría como la había planeado.
Hacía meses que nadie sabía de ella. Cuando una notificación de TikTok rompió ese silencio, no imaginé que terminaría en su casa, con la puerta entornada y esperándome.
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Cuando se aferró a mí dentro del agua y noté su respiración cambiar, supe que el verano de nuestros dieciocho no terminaría como ningún otro.
Cogía con mi prima desde aquel verano, pero ella me pidió que cada uno consiguiera pareja para guardar las apariencias. Lo que pasó esa misma tarde nos cambió las reglas.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
Bajé del coche con la comida que le había preparado, abrí la puerta del patio sin pensarlo y lo vi: desnudo, los ojos cerrados, sin la menor intención de parar.
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
Cuando volví a dejarme caer en su cama, supe que esa mañana iba a ser distinta. Mi primo me miraba como si llevara meses esperando justo ese momento, y yo dejé de fingir.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Mi primo Daniel cayó frito en la hamaca. Lorenzo y yo nos quedamos solos, mirando la playa convertida en orgía. Lo que pasó después todavía me persigue en agosto.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.