La tarde que mi primo me miró de otra manera
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Nunca me había tocado. Esa tarde, detrás de una puerta mal cerrada, entendí por qué mi cuerpo llevaba años pidiéndome algo que yo no me atrevía a darle.
Sabía la hora exacta a la que volvería. Dejé la puerta entreabierta, apagué la luz y esperé a oír sus pasos en el pasillo para empezar.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
Cerré los ojos para imaginarlo mirándome. Cuando unas manos me sujetaron la cintura por detrás, pensé que sabía de quién eran. Me equivocaba por completo.
Llevaba meses evitando volver, pero esa tarde mi hermana puso un vídeo en la pantalla y nada en nuestra familia volvió a ser lo que yo creía.
Lo que empezó como una charla incómoda sobre juguetes en el asiento trasero terminó convirtiéndose en el secreto más oscuro que esa familia jamás contaría.
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
Cuando mi tía preguntó si ya tenía novia, todos rieron. Mi prima Camila no. Bajo el mantel, su pie descalzo subió por mi pierna y entendí que la noche apenas empezaba.
Cuando levanté la mirada y la vi a ella barriendo el salón, supe que mi prima era la única que podía salvarme. No imaginé hasta dónde llegaríamos esa tarde.
Marisol creyó que su hijo solo miraba a su prima. Pero esa noche, con el mismo vestido y las mismas curvas, comprendió que la verdadera tentación era ella.
Creí que tenía la casa entera para mí durante cuatro días. No conté con que él tenía llaves, cámaras y una curiosidad que nunca me había confesado.
Volví a casa a media mañana sin avisar y la encontré recién llegada de la playa, con la arena todavía pegada a la piel y una sonrisa que no era de hermana.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Cada vez que volvíamos a la casa vieja de la abuela, el mismo juego empezaba otra vez: una mano que rozaba la otra y nadie que mirara.
Durante cuatro días el papelito con su número me quemó en el bolsillo. Cada noche recordaba aquella humedad escurriendo y supe que iba a llamar.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Llevábamos años veraneando juntas, viéndonos en topless sin pensar nada. Hasta que aquel primer día de playa su mano se coló dentro de mi bikini y todo cambió.