La mañana después de la noche que me cambió entera
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
Pensé que tenía la casa entera para mí. Cuando escuché esa voz grave a mis espaldas, supe que mi secreto acababa de quedar al descubierto.
Llevaba una semana durmiendo pegado a su espalda para calmar a la bebé. Una semana fingiendo no notar lo que pasaba entre los dos en la oscuridad.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.
Aún sentía el calor del polvo de mi novio entre las piernas cuando le mandé el mensaje. Media hora después él estaba en mi puerta, sin avisar.
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
Salí del aula con la falda corta y la cabeza llena de él. Sabía que me esperaba entre los toboganes, y sabía perfectamente lo que iba a pasar ahí.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
Cerré la puerta, dejé caer la mochila y la ropa, y me imaginé unos ojos siguiéndome por toda la sala. Esa idea fue suficiente para encenderme entera.
La mesa estaba puesta como un banquete real, pero solo había una silla. Y cuando ella entró envuelta en seda blanca, Mateo entendió quién era el verdadero plato del día.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Me acomodaron justo en la frontera entre los hombres y las mujeres. Creí que dormiría tranquila, hasta que sentí una mano deslizarse bajo la cobija.
La primera noche solo quise mirar. La tercera ya no podía detener mi mano. Cuando ella giró la cabeza en la penumbra y me sonrió, supe que estaba perdida.
Esa mañana mi hermana me prestó su nombre, su vestido y su vida entera. Esa tarde, un chico me miró como nadie me había mirado y, por primera vez, me reconocí.
Mi madre se levantó de la silla, me besó en la boca y, sin decir nada, metió la mano bajo mi pijama. Solo entonces entendí lo que mis padres habían acordado durante la noche.
Crucé la calle pensando solo en dormir una siesta. No sabía que del otro lado de la puerta mi primo me estaba esperando despierto con la luz baja.
Llevaba dos años con Rodrigo y se decía a sí misma que era solo una copa con un compañero. Cuando entró al departamento de Lautaro, supo que ya no había vuelta atrás.
Cuando su prima volvió borracha esa noche y empezó a contarme detalles, entendí que la historia que mi esposa me había dado era apenas la mitad de la verdad.
No había puertas, ni ventanas, ni un mañana. Solo ella y yo en esa habitación blanca, y un calor entre los dos que ya no tenía sentido seguir negando.