La fantasía que no me animé a confesarle a mi mujer
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Cuando lo encontré otra vez sentado de espaldas a la puerta, supe que ya no me interesaba reñirlo: quería averiguar por qué seguía volviendo a buscarme.
Se sienta dos sillas a mi izquierda y, mientras la familia charla, mi cabeza ya la tiene a horcajadas sobre mis piernas. Nadie lo sabe. Ella tampoco. Todavía.
Cuando me jaló de la manga para entrar al atrio, todavía no entendía lo que tenía planeado para la banca del fondo, lejos de los pocos ancianos que rezaban.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Cuatro horas de quirófano, el pasillo desierto y un enfermero que llevaba meses mirándola. Esa noche, Valeria decidió que no quería pensar.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.
Llamé a mi marido en plena madrugada, con restos de semen en el cuerpo y otro hombre al lado, para preguntarle si podía aceptar algo que jamás habíamos hecho.
Cuando cayeron las murallas y desenvainaron las espadas sobre sus caballeros, solo le quedaba una moneda de cambio: arrodillarse desnuda ante el hombre que lo había destruido todo.
Nuria tenía cuarenta y dos años, un bar al borde de la quiebra y un solo activo que el prestamista quería grabar: ella y su hijo, una noche, sin testigos.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
Antes de leer una sola línea, la fotografía cayó de entre las páginas: mi amiga, bronceada y desnuda bajo un sarape, con un grueso anillo de hierro al frente del collar.
Cuando la viuda desató el corpiño para amamantar a su hijo, Aurora dejó de respirar. Lo que ardió en su cuerpo esa noche no tenía nombre, pero ya no la dejaría dormir.
Cuando volvió a aparecer en pantalla no estaba solo, y yo, del otro lado, ya no podía dejar de mirar lo que sucedía sobre el escritorio que él olvidó fuera de cuadro.
El viejo de la despensa tenía las dos últimas botellas del vino que necesitaba para esa noche. Y tenía muy claro lo que iba a cobrarme por ellas antes de dejarme salir.
Abrí la puerta vestida de novia, maquillada como una zorra, lista para mi cita a ciegas. Quien entró no era un desconocido: era mi propio hijo.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.