El pacto con la súcubo despertó mi deseo más prohibido
Llevaba años alimentando en secreto una fantasía que jamás diría en voz alta. Esa noche, una criatura de ojos rojos apareció a los pies de su cama dispuesta a cumplirla.
Llevaba años alimentando en secreto una fantasía que jamás diría en voz alta. Esa noche, una criatura de ojos rojos apareció a los pies de su cama dispuesta a cumplirla.
Me dejó sola con el plomero para que arreglara la cocina. Lo que no sabía era que mi suegro lo había planeado todo desde el principio.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Cuando me señaló y dijo «tú conmigo», supe que aquel ejercicio de pareja no iba a ser solo técnico. Su voz baja en mi oído hizo el resto.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
Beatriz bajó a la cocina creyendo que lo de la noche anterior había sido un desliz. Su yerno la esperaba con un café frío y una condición que lo cambiaría todo.
Yacía atada con seda negra, temblando, susurrando una súplica que yo no pensaba conceder. Esa medianoche le enseñé otra vez lo que significa pertenecerme.
El espejo me devolvía a una novia perfecta. Nadie imaginaba lo que me obligarían a hacer en la habitación 131 antes de subir al coche nupcial.
Beata, virgen y sola a los cuarenta, Amparo solo quería que le arreglaran la chimenea. Su cuñado tenía otra idea, y esta vez no pensaba aceptar un no.
Yo era el trofeo de un hombre de sesenta y cinco años. Esa noche, su sobrino me miró como si supiera exactamente lo que yo era, y no se equivocaba.
Me quedé sola con él fingiendo un malestar que no tenía. Sabía lo que pasaría en cuanto mi hermana cruzara la tranquera y me dejara a solas con su marido.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Subí a tomar aire porque no aguantaba el calor. Escuché sus pasos en la escalera y supe, antes de voltearme, que esa noche no iba a poder dormir.
Llegó al tribunal segura de que su nombre era apenas una casilla a completar. Nadie esperaba que el juez la mirara como se mira a alguien que se desea de verdad.
Domingo, visita familiar a casa de la sobrina. Yo cuarenta y nueve, él treinta. Me bastó con verle la hebilla del cinturón para que la tarde dejara de pertenecerme.
Hay un secreto que guardo desde aquella noche que él me desnudó despacio y me devolvió un cuerpo que yo creía dormido para siempre.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Cuando baja a desayunar en camiseta y bragas, me derrito por dentro y sé que este fin de semana en la casa de campo será el último en que pueda callarme.
Mi sobrina se metió en mi cama con una propuesta indecente, y no imaginé que mi hijo estaría espiándonos desde la puerta del pasillo.