Me masturbé en silencio con mi compañera durmiendo al lado
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Aquella tarde, sentada frente a mí, Mariela dejó de hablar de sus problemas y empezó a desabrocharse la blusa con una calma que me heló la respiración.
Mi padre me enseñó que los monstruos se quedan en el armario si no abres la puerta. Lo que nunca le confesé es cuánto deseo que el mío se atreva a salir.
Bajo el hábito austero llevaba un secreto de encaje negro. Y cada vez que él llegaba con las provisiones, ese secreto la quemaba un poco más.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras mi cuñada, mi hijo entendió que la mentira que había contado en la mesa no iba a salirle gratis.
Pensé que ya lo había visto todo entre mis tíos, hasta que aquella noche sonó el timbre y entendí que apenas era el comienzo de todo.
Cuando bajé sus maletas y ella se agachó delante de mí sin el menor pudor, supe que aquellos días bajo mi techo no iban a salir como yo los había imaginado.
Cuando él tomó mi mano para llevarme al ascensor, un calor que no debía sentir me subió por el vientre. Era la persona en la que más confiaba en el mundo, y esa noche todo se rompió.
Volví del hospital con el brazo enyesado y una idea que no me dejaba dormir. Esa madrugada entré al baño, y mi madre apareció en la puerta justo cuando creía estar solo.
Eran las seis y cuarenta. Ella miró su reloj, me pidió que me detuviera junto al callejón y, antes de que pudiera preguntar nada, ya me estaba besando.
Le escribí en broma que durmiera conmigo esa noche. No imaginé que, pasadas las doce, la puerta de mi habitación se abriría de verdad.
Llevaba semanas fingiendo que no lo miraba. Esa noche, con dos copas de más y la casa vacía, dejé de fingir y bajé las escaleras buscándolo a él.
Llevaba años evitando mirarla, pero esa tarde, con el camisón pegado al cuerpo y los dos solos en su casa, supe que ya no iba a poder fingir que era solo mi tía.
Cuando salió del cuarto de mi hijo cubierta solo con su camisa, supe que esa tarde no iba a comportarme como la madre que todos esperaban.
Bajó la mirada, respiró hondo y empezó a hablar. En cinco minutos entendí que todo lo que creía saber sobre mi familia era mentira.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
Con el maquillaje corrido por el llanto, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba, decidida a que lo que sentíamos dejara por fin de ser un secreto.